HOY DIARIO DEL MAGDALENA

Don Pedro Gómez

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Sí existen paradigmas. Sí hay trayectorias de vida que merecen ser exaltadas porque es indispensable que la ciudadanía, principalmente los jóvenes, identifiquen modelos que vale la pena imitar y, ojalá, superar. Colombia ha sido, particularmente, mezquina en señalar esas vidas ilustres y en presentarlas como integrantes de lo que debería ser un Panteón, al estilo del que existe en París.

Cuando hacía la rutinaria deliberación para escoger el tema de esta columna, recibí la invitación de los familiares de Don Pedro Gómez Barrero (no le decimos doctor ni nada parecido sino lo distinguimos con una palabra arcaica usada para personalidades que nos merecen toda deferencia y admiración) para la celebración de sus noventa años, el próximo 14 de febrero. Entonces, no tuve duda, esta columna debería referirse a su condición ejemplarizante de gran ciudadano.

Lo conocí como participante -que no alumno- en el Programa de Alta Gerencia de la Universidad de los Andes. Desde entonces mantenemos una relación en ocasiones más cercana que en otras, pero he seguido con atención el notable periplo de su vida. Y aunque valoro mucho sus éxitos como gran empresario y modernizador de la vida urbana, me ha impresionado siempre su enorme generosidad hacia las causas públicas, su consagración a ayudar a los más débiles, su compromiso con programas de enorme dificultad que desanimarían al más audaz.

Vale la pena mencionar algunas de esas tareas que ha asumido con formidable determinación. Ante el desastre descomunal que sufrió Armero en 1985, annus horribilis, aceptó ser el Gerente General del ‘Fondo de Reconstrucción Resurgir’ para atender las regiones destruidas por la avalancha del Nevado delRuiz. Fue el primer Embajador de Virgilio Barco ante el Gobierno de Venezuela, una misión diplomática de alta significación y como tal jugó papel fundamental en una de las crisis más graves entre las dos naciones, la de la Corbeta Caldas. Ha sido el Presidente de la Comisión Negociadora Colombo-venezolana y soy testigo del rigor con el cual buscó solución a un diferendo que todavía no encuentra salida. Cómo no mencionar su papel como Negociador de Paz, que le mereció un homenaje de los propios guerrilleros. Capítulo que merecería un buen análisis.

Con el mismo entusiasmo con el cual ha formado parte durante años del Consejo Superior de la Universidad de los Andes o de la Consiliatura de su Alma Mater, la Universidad del Rosario, se ha preocupado por la situación de la educación primaria y secundaria, de los niños o de los maestros, de sus rectores; de la vivienda y la promoción del espíritu de emprendimiento entre los menos favorecidos. Esa ha sido la misión de la Fundación Compartir, cuyas acciones resultan asombrosas.

Se me antoja pensar que ha querido realmente compartir la historia de su vida, ofreciendo a todos lo que él no tuvo antes de ser un funcionario o empresario exitoso. Compartir la posibilidad real de superar obstáculos y dificultades que de otra manera serían barreras insuperables para el progreso individual o social. Su pueblo natal, Cucunubá, es otro ejemplo exitoso de esa actitud que parecería obsesiva. Qué bueno que no se resignara al éxito puramente individual o familiar, sino que se hubiera propuesto reflejarlo en tantas vidas necesitadas de auxilio, ayuda, estímulo y reconocimiento. Ha sorteado con elegancia y transparencia situaciones muy difíciles.

*ExMinistro de Estado