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HOY DIARIO DEL MAGDALENA

El malhadado caudillismo

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Romper de tajo con el caudillismo debe ser para todo ciudadano un imperativo, toda vez que es su deber velar por la permanente reconquista de los derechos democráticos. No podemos permitir más líderes simpáticos que marquen apenas momentos, sino demócratas integrales que igual practiquen hacia adentro de sus partidos lo que peroran hacia afuera, lo que parece no ser una práctica común, ya que las estructuras de las organizaciones políticas no quieren impulsar (y a ello están llamadas), el surgimiento de nuevos como motivadores liderazgos.

No es bueno bajo ningún punto de vista que todas las acciones giren en torno al caudillismo, antes que de las ideas-fuerza de un proyecto político. Los procesos de cambio deben existir y darse. Nunca debe concentrarse el poder en una persona, ni construirse un mesianismo alrededor de una figura cuasi redentora. Tampoco permitir que la comunicación y la propaganda política gubernamental centren su atención en la imagen del caudillo, propagado en todos los espacios públicos. La santificación que de él se hace, incide para que todo se someta a sus deseos y voracidades personales, lo cual es a todas luces más que perjudicial y perverso.

Al caudillo el equilibro de poderes de la democracia lo incomoda. Se siente dignificado, reverenciado, Se torna intolerante, Se siente con derecho a avasallar. Se considera por el poder que lo reviste, un monarca. Cuando los asuntos no resultan según su voluntad, se victimiza y recurre a la movilización de sus incondicionales bases. Aparece su faceta tiránica. Hace declaraciones fuera de lugar. Nadie lo contradice. Quienes están en desacuerdo son satanizados, acusados de reaccionarios, pro imperialistas, agentes extranjeros, enemigos del pueblo, traidores de la gran causa.

Proclama normas que van en contra del curso normal de las tendencias de un mundo que quiere mejores destinos para sus pobladores, al tiempo que la masa le bate incienso.  De otra parte, al aparecer muestras de agradecimiento por parte de quienes se benefician de las obras públicas, se convence que es el hombre providencia. Cree para sí que su tiempo en el poder no lo puede establecer un mandato popular, sino su derecho universal de reelección intemporal, lo cual, de conformidad con Carl G. Jung, cuando refiere la personalidad propia de un caudillo omnipotente y todopoderoso, se advierte que el inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas. Es este el caso de aparecidos en nuestro escenario político, que amenazan con desestabilizar de una vez por todas nuestra sociedad, a la que mantiene obnubilada con obras de quinto nivel, que no las sustanciales que necesitamos y requerimos como ciudad. rubenceballos56@gmail.com *Jurista