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HOY DIARIO DEL MAGDALENA

Disparates sobre la muerte

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En noviembre, un mes con olor a gladiolos, nunca sobran las reflexiones sobre la pelona. Es un truco para que el que el inventor del viento me prolongue la estadía en tierra firme. Hablo solo de prolongar porque la eternidad no me la pienso perder.

La muerte ha perdido encanto y misterio. Ahora cualquier perico de los palotes se muere por cómodas cuotas mensuales. Muérase ahora, pague antes, es, en la práctica, el vendedor eslogan de las funerarias.

Algún día nos enterrarán primero y moriremos después. Lo digo por lo rápido que marcha el mundo moderno y por la variopinta oferta que nos llega para sufragar los gastos exequiales.

En algunas ciudades, la factura de la luz nos recuerda mensualmente que somos somos fugaces, apenas un bostezo de eternidad. Con esa factura se puede pagar el seguro exequial.

Falta que nos entierren con los puntos que hagamos por compras hechas en el supermercado. O con millas acumuladas.

Muchas empresas incluyen el servicio de limusina, ese rascacielos acostado que halaga por última vez la vanidad del “homo horizontalis”. Los hay renuentes a contratar servicios funerarios. Asumen que es de mal agüero. Defienden el derecho a la ilusión de la inmortalidad.

En el “todo incluido”  los empresarios de pompas fúnebre regalan la soprano que dará el desgarrador do de pecho final. Las lágrimas de las plañideras van en factura aparte.

Otro triunfo de la modernidad: ya no hay que cargar el féretro. La burocracia de la funeraria asume esa obra de misericordia en la que salimos en hombros.

El menú mortuorio incluye al cura que repite su monótona homilía entre el muerto que ya pasó y el que viene. Las homilías suelen ser tan parecidas unas a otras que solo cambia el estado del tiempo.

Asistimos a otro avance sustancial: Adiós velaciones en casa. Es la mejor forma de humanizar la parca.

Era tan larga y devastadora la velación que se agotaban lágrimas, pañuelos, café, trago, frases lagartas y lugares comunes que remataban al finado si le quedaba algún hálito de vida.

A pesar de que la cremación es la moda me sigue pareciendo poético el ataúd, máxime si es de madera de óptima calidad, con incrustaciones de algo, una pinturita por aquí, una pendejadita allá. En el ataúd está uno en la única posición aceptable para vivir plenamente la eternidad: decúbito dorsal.

Llega el momento en que vamos más a velorios que al bar. Un coleccionista de exequias de sus amigos solía comentar: Vengo a notificarme de un preaviso….

Dicen que lo malo de la muerte es que es para toda la vida. ¿Pero qué tal estar eternamente vivos?

Si el sueño es una muerte hechiza, ficticia, en cada despertar reencarnamos en nosotros mismos.

El viejo gruñón del Mark Twain dio la receta ideal: vivir de tal forma que lo lamente hasta el dueño de la funeraria.

*Periodista