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Editorial
Seguirán
ciego, sordos y mudos?
El viernes pasado las calles de las ciudades
y pueblos de Colombia, así como de las capitales del mundo,
volvieron a ser llenadas por miles de personas, que al
unísono reclamaron la libertad para los centenares de
secuestrados en poder principalmente de las Farc. Fue sin
lugar a dudas una jornada exitosa en la que se volvió a
pedir a los terroristas que devuelvan sanos y salvo a sus
víctimas.
Ya
perdimos la cuenta de las numerosas oportunidades en la que
los colombianos han demostrado en forma masiva su rechazo al
plagio motivado en ambiciones económicas o cuando se trata
de justificarlo en aparentes razones políticas. Ese clamor
ha sido acompañado por un llamado permanente a la paz, para
impedir que la violencia siga destruyendo la Nación.
Infortunadamente, tales esfuerzos han llegado a los oídos
sordos de quienes prefieren mantener la industria mortal o
insisten en que las atrocidades a las que condenan a sus
víctimas les pueden proporcionar beneficios políticos.
De ahí
surgió la necesidad de construir una política de seguridad
que terminara con la ausencia del Estado, para que las
autoridades legítimas recuperaran el control del país y
combatieran los grupos que aún generan el terror contra la
gente indefensa. Fue la respuesta de una sociedad que no
acepta la utilización de la integridad como rehén de
cualquier tipo de intereses. Esa lucha ha producido sus
frutos, como lo demuestra la libertad de quince de los
secuestrados, lograda con la Operación Jaque. Y con la fuga
de Óscar Tulio Lizcano, el primer congresista plagiado en el
año 2000 y uno de cuyos carceleros aceptó los ofrecimientos
del Estado y propició su regreso a la libertad.
Colombia
entera reclamó una vez más la liberación de los 26 soldados
y policías, algunos de los cuales llevan más de diez años
refundidos en la selva; del ex gobernador del Meta, Alan
Jara, arrebatado de un carro de la ONU; el diputado del
Valle, Sigifredo López, sobreviviente de la matanza en que
cayeron sus once compañeros de la Asamblea y los más de mil
compatriotas cuya suerte depende de un rescate económico.
Esas personas reclaman la solidaridad del mundo y de sus
compatriotas y así se lo expresamos el viernes.
Los
países amigos de los terroristas deben comprender por fin
que la sociedad colombiana es inmensamente mayoritaria a la
paz y que rechaza la guerra. Las naciones simpatizantes de
la lucha criminal en la que aún persisten las Farc deben
darse cuenta que en las selvas de nuestro país se pudren
seres humanos sometidos a toda clase de vejámenes.
Esos
Estados no pueden permanecer indiferentes ante las marchas
que se cumplieron en distintos puntos cardinales del
planeta.
Está
comprobado que se trató de una demostración universal de
rechazo a un delito que denigra de la condición humana, al
evidenciar los más abominables límites de crueldad a los que
pueden llegar quienes lo practican. Por eso una vez más los
colombianos insistimos en reclamar a los secuestrados. |