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Malecón

El sucesor del general Lázaro Cárdenas en la Presidencia de México, Manuel Ávila Camacho, prohijó el incremento de la industria cinematográfica para darle a su país desarrollo y renombre. Por muchos motivos, el cine mexicano nació atado a su música, como en la Argentina, y su auge halló dificultades pero no obstáculos insalvables que lo detuvieran o desviaran su rumbo.

El charro mexicano fue el personaje emblemático de aquella manifestación cultural en la que, celuloide y cantos populares, atrajeron público en toda Latinoamérica y el sur de los Estados Unidos, donde las raíces de Nueva España subsistían y se fortalecían con los flujos migratorios. Famosos fueron “los espaldas mojadas” de la época, que merecieron película, representaciones teatrales, canciones y libros consagratorios.

Uno de los actores que brillaron en la interpretación de ese personaje de machismo a flor de piel, trajes típicos y sombrero ancho, fue Pedro Infante, un mestizo de Mazatlán, Sonora, con voz y vocación para actuar, dotado de gracia, simpatía y carisma, las tres virtudes que le abrieron puertas en la admiración de sus connacionales, en el interés de los productores y en el ánimo de los cinéfilos.

Con Jorge Negrete y Luis Aguilar integró un trío de ases que opacaba, al elaborarse los elencos, a otros de sus atildados colegas. Entre 1939 y 1957 filmó sesenta películas y grabó 310 melodías tan variadas como las rancheras, los corridos, los huapangos y los boleros románticos. El Festival de Cine de Berlín le confirió el Oso de Plata al mejor actor principal y la prensa de Hollywood el Globo de Oro al mejor protagonista extranjero.

Intensa, veloz y corta fue la trayectoria de Pedro Infante, un artista mejor recordado que los presidentes y los ministros de su país. El próximo sábado 18 se cumplen los cien años de su natalicio. Por ello, México le está renovando en estos días la gratitud nacional para que las generaciones que nunca lo vieron conozcan su periplo artístico y la historia que hizo a base de superación, autenticidad y disciplina.

Las sesenta películas que filmó y las 310 canciones que grabó continúan viéndose y oyéndose. Es el tributo que su país y su pueblo le han brindado al icono que divirtió a sabios y zafios, matronas y domésticas, viejos y jóvenes, blancos y negros, raizales y forasteros. Como lo repetía a menudo la actriz Sara García, no se supo cómo hizo “mi (su) Pedrito Infante para meterse al corazón de todos los mexicanos”. La conmovía su prematuro viaje (39 años) hacia la oscuridad sin tiempo.

La adicción a los aviones, que le había dejado de recuerdo una platina en la sien izquierda, lo emparejó con Carlos Gardel el 15 de abril de 1957. Lo trágico –como lo pretendía Lawrence– no siempre es una patada que se le pega a la desdicha.

Escritor y Periodista

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