Columnistas

Una gran preocupación

La corrupción sigue siendo en nuestro medio una de las más grandes preocupaciones, de atenernos a los comentarios muchos que se escuchan y leen en los corrillos, mentideros, prensa hablada y escrita, lo cual circula abiertamente como en un flujo que no cesa y pareciera de nunca acabar. Copa este mal mayor todos los espacios. Se suceden los escándalos. Aparecen por doquier noticias y crónicas sobre las redes delictivas diseminadas por distintos escenarios de poder como si costumbre inveterada fuera.

Y aunque esto no es nuevo entre nosotros, pareciera hallarse incrementado este horror de horrores, para lo que parecieran quienes lo cometen, haber mejorado ordenada, meticulosa y sustancialmente los instrumentos idóneos para llevarlos a cabo, generando desincentivos y haciendo caso omiso de las alertas tempranas y la voluntad de luchar por un territorio libre de corrupción. Es tan poderosa esta práctica que todo lo permea en manera superlativa, fungiendo como una avalancha que todo a su paso arrasa.

No se persigue adecuadamente a estos delincuentes, de conformidad con las reiteraciones dadas y la existencia cada vez mayor de la de años anteriores, y lo que es peor, se ponen quienes acometen corrupción por encima de la ley, de lo que hay suficientes pruebas de ello. No le falta razón a esta apreciación generalizada al máximo en todos los rincones de nuestra geografía.

Ante tal panorama, nefasto por demás, importa impulsar y garantizar la transparencia, demostrarla, a efecto de acallar la percepción existente en la gran mayoría de nuestra sociedad, que entiende que el nivel de corrupción es alto y muy alto, que las corruptelas están muy extendidas, que somos permisivos con las conductas deshonestas, que las distintas actividades delictivas no se limitan a la política, sino que se extienden a otros ámbitos, constituyéndose en un fenómeno las personas.

Es un algo y un todo tanto demoledor como desalentador en realidad, la impresión mayoritaria y generalizada que así lo confirma, lo que debería determinar que la intolerancia con las malas prácticas sea contundente. Se castigue y reproche. Cale hondamente y de una vez por todas en la ciudadanía y colectividad, hasta extremos adecuados. Es un problema serio que debe consensuar a gobernantes y gobernados. No podemos seguir inermes como hasta hoy frente a tan importante como vital y pendiente asignatura, quedando por realizar un arduo trabajo y máximo esfuerzo, lo que impone, en la medida que entendamos a carta cabal y ciencia cierta que la democracia no está haciendo todo lo que puede para cernir las acciones impropias en el saqueo de lo público y aplicar los correctivos necesarios. No más complicidad ni impunidad, sino eficacia y resultados contra corruptos, corrupción y corruptela. Tengamos en exacta cuenta que estamos en un Estado Social de Derecho, que nada ni nadie debe ni deberá estar por encima de la Constitución y la ley; y, que a pesar de todo, la democracia es el mejor antídoto contra toda clase de desmandes que tales acciones generan.

 

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