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La encrucijada de Venezuela

Venezuela está en una situación de crisis, lo cual es inocultable. El enfrentamiento entre el Gobierno y quienes se han alineado en oposición a este no está planteado como un debate de diferencias en términos democráticos sino como una diatriba recíproca, en un pulso de liderazgos pasionales, con sesgos en la interpretación de los hechos y sin coherencia en las propuestas políticas. Ni siquiera el Papa Francisco pudo hacer de mediador entre los protagonistas de esa lucha por el poder.

La elección de miembros de la Constituyente convocada por el presidente Nicolás Maduro no va a solucionar los problemas que se agitan día tras día en Venezuela. Podrá adoptarse e imponerse una nueva versión de socialismo, pero la confrontación seguirá, salpicada de acciones de violencia, sin resultados de mejoramiento de la economía, ni de las condiciones de vida de la población.

De parte de la oposición tampoco existe una propuesta de salida de las confusiones en que se debate Venezuela. No es suficiente insultar al contrario y buscar culpables que no son los responsables de los desatinos.

Lo que sacude a Venezuela hoy es el resultado de las ligerezas aplicadas al manejo de la nación por el gobierno de ahora y por los anteriores. La riqueza petrolera los deslumbró y actuaron sin una visión acertada del futuro, presionados por la fantasía de la abundancia, sin medir riesgos y sin planes que llevaran a la consolidación de desarrollos de bienestar sostenibles. El paliativo del asistencialismo, con subsidios de un paternalismo frágil no es suficiente para una sociedad con un alto componente de pobreza.

Venezuela estaba llamado a ser el país modelo en América Latina en su dinámica económica, social y cultural dada su alta renta por la producción de su petróleo. Allí no debiera haber indicadores de pobreza, ni vacíos en el surtidor de los alimentos cotidianos, ni incertidumbres en el sistema de salud, ni déficit en la educación o los servicios públicos. La cuantía de sus ingresos daba para generar factores de igualdad y garantizar la satisfacción de todas las necesidades. Con un aprovechamiento óptimo de la bonanza habría empleo estable y bien remunerado, así como amplio estímulo al talento creador de la gente. Además, estaría erradicada la mendicidad y todos aquellos lunares de degradación que le restan calidad a la vida. Sin embargo, no se hizo lo que pusiera a Venezuela en el rumbo correcto. Y allí están las secuelas.

La riqueza de las naciones debe proporcionarle a los pueblos el sustento de su libertad y de su felicidad y no ser carnada de tiranía en ninguna forma. La codicia de unos pocos no puede frustrar los derechos colectivos, ni en Venezuela o cualquier otro lugar del planeta.

PUNTADA

Cuando más de cuatro millones de colombianos respaldan la convocatoria de un referendo contra la corrupción, se abre paso a un frente activo que busca la erradicación de ese flagelo, que tanta degradación produce. Pero hay que seguir en la tarea de completar la solución definitiva. Y debe ser del interés de todos los colombianos.

Por
CICERÓN
FLÓREZ MOYA
Columnista Invitado

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