Un abrazo que tuvo que esperar 65 años

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Lee Gyum-seom solo apretaba las manos de su hija mientras iba en el convoy que la llevaría a Corea del Norte. Estaba muy nerviosa. Hace 65 años, hoy tiene 92, emprendió un viaje hacia el sur, con su pequeña criatura, cuando la guerra de 1950-1953 la obligó a dejar atrás a su esposo y su otro hijo.

 

“No sé qué siento, si es positivo o negativo”, dice Lee. “No sé si es real o un sueño”.

 

Después del horror, ya en Corea del Sur, ella se volvió a casar y crió a siete niños, pero nunca dejó de preocuparse por aquel hijo. “¿Dónde vivió? ¿Con quién? ¿Quién lo educó?”.

Cuando pasó la línea divisoria entre las dos naciones empezó a pasar saliva con dificultad, los recuerdos la arropaban. Llevaba 65 años sin ver los ojos de su pequeño, nunca supo nada de él, ni una llamada ni una carta.

Cuando ingresó al hotel del Monte Kumgang, en la costa suroriental norcoreana, donde 180 personas aguardaban por sus familiares, no reconoció a nadie, hasta que una mujer con vestido de flores le dijo “aquí está Lee Sang-chol”.

Lo abrazó y lloró. La última vez que tuvo a su hijo en su regazo tenía cuatro años, hoy tiene 71, y después de estos tres días en que les permitirán ser una familia nuevamente, tal vez no se vuelvan a ver.

 

Familias se reúnen
89 surcoreanos viajaron al norte, como Lee, a recuperar el tiempo perdido con los que dejaron cuando llegó lo más cruel de la guerra. Entonces, huir al sur era la salida para sobrevivir. Pensaban que era una decisión temporal, pero no fue así.

La guerra se resolvió con un armisticio pero sin tratado de paz y las relaciones entre ambas naciones se fueron endureciendo.

No volvieron a saber de sus seres queridos y cada uno hizo su vida como pudo desde extremos opuestos de la península. Solo hasta que las relaciones internacionales se fueron ablandando, por grupos, algunos pudieron verse.

Las dos Coreas han organizado 20 rondas de encuentros cara a cara en los últimos 18 años, que coinciden con fases de distensión entre estos países que continúan técnicamente enfrentados. La más reciente reunión fue posible tras el acercamiento entre los mandatarios Moon Jae-in y Kim Jong-un, este 27 de abril, en el que acordaron medidas para la desnuclearización y mejorar la diplomacia.

Esta ha sido la ronda en la que más adultos mayores han viajado –el más longevo tenía 101 años– esperando hallar a quienes dejaron al otro lado de la frontera.

Han Shin-ja, una mujer de 99 años, no pudo hacer mucho más que llorar cuando vio a sus dos hijas, Kim Gyong-sil Gyong-yong, ambas septuagenarias, en las dos horas de reunión. Las tres vivían en la ciudad de Heungnam (hoy Corea del Norte) y se separaron en enero de 1951. Han terminó en el Sur y sus hijas en el Norte.

Frustración

Dada la avanzada edad de los participantes, escenas como esta entre padres e hijos son cada vez más inusuales, y en la mayoría de los casos se trata de reuniones entre hermanos, primos, sobrinos o nietos, para al fin saber qué fue lo que pasó con sus antepasados en estas seis décadas.

Por eso, a última hora algunos renunciaron a asistir, al ver frustrado el deseo de ver a su familiar con vida, ante el panorama de conocer únicamente a un pariente lejano.

Lee Kwan-joo, de 93 años, es una excepción. Quiere conocer a sobrinos para hacerse una idea de la vida que tuvieron sus padres y sus seis hermanos en el Norte antes de morir.

En 1945 a Lee lo enviaron a una escuela en el Sur y la guerra selló para siempre la separación. “Me alegró enterarme de que podría conocer a mis sobrinos, aunque ni siquiera he visto sus caras”, declaró.

132.124 surcoreanos estaban registrados para solicitar plaza en las reuniones, de los que el 86 % tiene 70 años o más .

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