Purificación de la Iglesia

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En medio de la tristeza, vergüenza e indignación que experimentan millones de católicos en el mundo, al quedar expuesta  a plena luz de los reflectores mediáticos la miseria humana que encierra el pecado cometido por sacerdotes pederastas, resuena con plena vigencia la petición del Papa Francisco, repetida desde los primeros minutos de su pontificado: “Oren por mi”. Una súplica insistente que presagiaba las tormentas en las que está inmerso.

Es paradójico que sobre la figura de este revolucionario y carismático Papa latinoamericano, que tuvo la valentía de desafiar a los poderes más tradicionales de su entorno para interpelar y poner en evidencia los pecados de la propia iglesia, recaigan hoy los señalamientos que, en diferentes países, se le hacen al Vaticano, de encubrir a sacerdotes responsables de abusos sexuales a menores de edad.

El más agresivo fue el exnuncio en Estados Unidos, Carlo María Vigano, bien conocido contradictor del Papa y destacado activista de los círculos eclesiásticos que miran a Francisco con displicencia o franca hostilidad. Acusó a una larga lista de funcionarios actuales y pasados, del Vaticano y de la Iglesia estadounidense, de encubrir el caso del cardenal Theodore McCarrick, quien renunció el mes anterior.

Después, Josh Shapiro, fiscal general de Pensilvania, dijo que el Vaticano sabía sobre un encubrimiento de las acusaciones de abuso sexual a menores formuladas contra cientos de sacerdotes de la iglesia católica.

Es el mismo fiscal que denunció hace unas semanas lo sucedido durante siete décadas, cuando “cientos de “sacerdotes depredadores” habrían abusado, sexualmente y de escabrosas maneras, a niños en las seis diócesis de Pensilvania durante los últimos 70 años.”

El Sumo Pontífice está experimentando el peso de la incomprensión. Los mismos medios que aplaudieron su osadía de llamar los pecados de la iglesia por su nombre y condenarlos, hoy levantan su dedo incriminatorio, acusándolo de encubridor. Olvidan que él empoderó a las víctimas para que perdieran el miedo a denunciar, las ha escuchado,   rectificó sus propias posiciones como sucedió en Chile y ha pedido perdón, en multiples ocasiones.

“Nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado” ante los “abusos sexuales, de poder y de conciencia” cometidos por un “notable número de clérigos y personas consagradas”, aseguró el Papa Francisco.

Desde el inicio de su pontificado el Papa fue plenamente conciente del camino que le esperaba. Cuando le preguntaron que sentía ante el aplauso de las multitudes que lo acogían durante sus visitas, repondió: “mi primer sentimiento es el de quien sabe que existen los ¡hosanna! Pero, como leemos en el Evangelio pueden llegar también los ¡crucifícalo!”

El camino que está recorriendo la Iglesia es un camino de cruz. Es difícil comprender esta realidad a la luz de la razón. Pero, la propia soledad y contradicciones que enfrenta hoy Francisco son, paradójicamente, un signo de su fortaleza.

Es hora de orar por el Papa y rodearlo, para que continúe liderando este camino de purificación de la iglesia Católica.

*Periodista y Defensora de DD.HH.

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