Adictos mínimos

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Cada cual tiene el derecho de matarse como quiera. Frase fuerte esa. En la intimidad de la vida privada, en teoría, nadie debe intervenir. Eso por supuesto incluye un espectro muy amplio de comportamientos y creencias. En pleno siglo XXI y con tantas victorias de derechos humanos alcanzados, creo que es impensable que alguien le diga a alguien más como tener relaciones sexuales, a qué dios rezarle, si ingerir una dieta vegana u omnívora es mejor o peor. Es un largo etcétera de formas y fondos de existencia. Sin embargo, una cosa es un individuo y otra muy distinta, es un colectivo. La dosis mínima de consumo de sustancias sigue siendo un reto para la sociedad. Para unos, es un derecho fundamental desarrollar la personalidad y un área para lograrlo según esa creencia es el consumo de sustancias psicoactivas. La sociedad no ha logrado ponerse de acuerdo si producir drogas es aceptable o no. La gente se va al pasado y trae a colación la misma situación de prohibición del alcohol y recuerdan con una nostalgia extraña cómo la prohibición los afectaba. Otros salen con el argumento que bajo el “cuento” de proteger a los niños de la cercanía de las drogas, de pronto se limita el derecho de los adultos. Y en este planeta tan adulto-céntrico, hacer algo en favor de un ser que apenas razona (como muchos adultos ven con desprecio la infancia) se considera como una forma de sometimiento. Creo que lo obvio debe ser motivo de revisión. El exceso de drogas es perjudicial. El exceso de gente consumiendo drogas es un problema de salud pública. La drogadicción es la degeneración de comportamientos emocionales y físicos frente a la adicción de sustancias externas que le hacen creer al consumidor que al consumirlas son mejores personas.

Reflexionemos para qué se consume cualquier sustancia. El alcohol se cree es un motivo de “unión”. Bajo sus efectos iniciales la gente se relaja y se pone contenta. Aunque después se agarren a puño limpio, se corten a punta de pico de botella y se descuarticen contra un poste de luz. Pasa lo mismo con la marihuana. La gente la consume para sentirse mejor. Lo mismo con la cocaína y etcétera. ¿Qué será lo que se busca con ese consumo de sustancias que no logra la gente tener en sus estados habituales de existencia? ¿Relajamiento?, ¿Búsqueda de compañía?, ¿Exaltación del yo?, ¿Poderes?, ¿Creatividad?, ¿Aceptación de grupo?, ¿Salir de la tristeza y la frustración?, ¿Estar más contento en una rumba? Hay unos caminos emocionales que en efecto ni la Constitución, ni las leyes de cualquier país, ni las religiones pueden reglamentar, ni la policía llevarse a la cárcel.

Volvamos a lo obvio, a los resultados. Hasta ahora, son más bien escasos los testimonios a favor de la drogadicción. No hay una sola familia que haya sufrido esta grave experiencia que pueda decir que se siente plena. No hay una sola familia con un alcohólico que pueda argumentar que le encanta ver a la mamá o al papá borracho. No. La contradicción entre la producción y exceptuar el porte de la dosis mínima de consumo personal es por donde se cuela el narcotráfico. ¿Entonces? El que quiera fumar, tomar o inyectarse que lo haga pero que asuma las consecuencias legales y de salud física y emocional de sus decisiones. Mientras que nos ponemos de acuerdo, protejamos a los niños y los espacios públicos que compartimos en las ciudades. No podemos perder de vista que mis derechos terminan donde empiezan los de los demás. Unos decidirán matarse y otros vivir. Simple.

*ExDirectora del Sena

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