Malecón

Si algún título hay que ponerle al fenómeno Bolsonaro sería “La puñalada milagrosa”. El mismo día en que le chuzaron el hígado su nombre se disparó en las encuestas y continuó subiendo como espuma hasta vencer, con una holgada diferencia de quince puntos porcentuales, en la primera vuelta, al candidato Fernando Haddad, el sustituto de Lula.

La obcecación del Partido de los Trabajadores (PT) y de Lula por sostener una candidatura averiada con una sentencia judicial ejecutoriada, le redujo a Haddad su margen de penetración popular y lo dejó sin tiempo para hacerle contrapeso al Bolsonaro convaleciente que no necesitó debatir su programa en la televisión ni seguir presidiendo manifestaciones en las plazas públicas. Error que pagaron caro.

El crecimiento económico, la abultada inversión social, la reducción de la pobreza y los incrementos en la producción y el empleo durante los dos períodos de Lula, sucumbieron a la estrategia fallida y personalista que terminó de moler un legado partidista que le confirió al Brasil estatus de potencia emergente, saneada fiscalmente y catalogada de sexta en el mundo por el tamaño de sus indicadores económicos.

De un día para otro, la grandeza histórica de un presidente con neuronas y magia fue cambiada por un apartamento de lujo en la costa de Sao Paulo.

Aun cuando el PT y Lula gobernaron como socialdemócratas, pero también como aliados tácticos de la Revolución Bolivariana, Bolsonaro explotó electoralmente ese vínculo con un estalinismo tropical que no le ha dejado resquicio libre a ninguno de los derechos democráticos. Ricos y pobres de Brasil tradujeron su miedo en votos. Unos, para no perder lo que tienen; otros, para no empeorar de condición.

Nunca pensamos los latinoamericanos que, ocho años después de las hazañas del obrero graduado de estadista en la universidad de sus propias realizaciones, un descendiente mediocre de italianos alzaría en su mano derecha el catecismo fascista de Mussolini contra el Estado liberal, gracias a una puñalada precedida de corruptelas y mezquindades de sus adversarios.

La geopolítica subregional se destorció. El mismo modelo que la volteó con petrodólares hace tres lustros, inclina ahora el péndulo, ya no como factor aglutinante sino como tóxico repelente. Esos bamboleos de 360 grados son síntoma de una democracia en crisis, desde Washington hasta la Patagonia, y sin líderes y partidos idóneos para conjurarla. Corrupción, violencia, anarquía, manirrotismo e irracionalidad, todo es más vigoroso que las instituciones y los gobiernos que las administran.

Ya veremos si el milagro de la puñalada alcanza para reconstruir un país  desmoronado por un bandolero que supo cuál era el precio del presidente, de los ministros y de los legisladores para abajo.

*ExMagistrado*Escritor

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