Los jinetes de la corrupción

Entre mas delitos de corrupción se detectan, menos parece ser la voluntad para crear normas efectivas que permitan evadir ese cerco tenebroso y atroz, que pareciera estar encima de donde quiera que existan dineros públicos para apropiarse de manera descarada de ellos.

Se nos acaba de informar que en la Isla de San Andrés el gobernador fue capturado por malversación de fondos; aquellos que el gobierno había destinado para atenuar la crisis surgida de la pérdida de 75.000 kilómetros cuadrados de océano, como consecuencia de la decisión de los jueces de La Haya. Ya otro gobernador había sido capturado por la misma razón.

Pero es la historia que se repite con los dineros destinados para atender desastres; con aquellos que se destinan también para la salud y para la atención de los programas de alimentación de las poblaciones mas vulnerables, y ni hablar de todo lo que tiene que ver con el tema de las regalías provenientes del petróleo y en general del sector minero.

Son miles y miles de millones que desaparecen como por arte de magia, en medio de triquiñuelas que la delincuencia diseña de manera astuta, pero que los encargados de cuidar los recursos no detectan, o a veces permiten de manera deliberada para que los dineros públicos vayan sin obstáculo a los bolsillos de todos aquellos que representan la rapacidad, la corrupción y el crimen.

Son bandas y bandas que operan a nivel nacional, en los departamentos y hasta en los municipios mas apartados, replicando métodos oscuros, mañas abusivas y torciendo la ley para que no se les pueda aplicar.

Todo ello mientras se detecta que los impuestos no alcanzan, que los presupuestos resultan insuficientes, que las necesidades crecen y que ante la falta de recursos hay que subir impuestos a ver si es posible incrementar el recaudo.

El mejor instrumento que se podría aplicar en los tiempos actuales, debería estar contenido en un rígido estatuto para evitar la corrupción, de tal manera que los presupuestos no sean saqueados y que de esta manera se permita que los impuestos en realidad vayan a atender las necesidades, de tal manera que sea posible experimentar que esas sumas que el Estado recauda, se traduzcan en obras y en servicios que se retribuyen a los contribuyentes, cumpliendo de esta manera el fin esencial de cualquier esquema tributario.

Mientras ese anhelo se cumple, los jinetes que sabemos cabalgan tranquilos, orondos y desafiantes.

*Abogado

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