‘Guerrilleros de las Farc me escupían la comida’

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“Durante los seis años, cuatro meses y nueve días de mi secuestro estuve comiendo arroz. Cuando teníamos suerte comíamos lenteja o pasta”, dijo la excandidata liberada en la famosa operación Jaque de 2008.

Haciendo un recuento del día en el que fue secuestrada, Íngrid Betancourt, hoy radicada en Francia, entregó su testimonio ante la Jurisdicción Especial para la Paz en el marco de la recepción de informes de víctimas de secuestro por parte de las Farc. Su relato se inició manifestando las preguntas que aún le rondan en la cabeza sobre el día de su secuestro.

 

Para la época de su plagio, Betancourt aspiraba a la Presidencia de la República por el partido Oxígeno. “Yo acepté ir a San Vicente del Caguán con la condición de que se me garantizara un esquema de seguridad. Al llegar al aeropuerto ElDorado me muestran un fax en el que se lee que la Policía nos confirma que nos tienen un esquema esperándonos en Florencia: dos carros blindados y dos motos para ir hasta San Vicente”.

Pero una vez estando allí, cuenta la exsecuestrada, que les ofrecieron un helicóptero para ir hasta la población caqueteña que tres días antes estuvo en el ojo del mundo por cuenta de los fallidos intentos de diálogos de paz en el gobierno de Andrés Pastrana.

No obstante, la propuesta de la aeronave no se concretó, “por una orden desde arriba” por lo que se decidió ir hasta San Vicente por carretera. Ese día, el 23 de febrero de 2002, casualmente Andrés Pastrana estaba llegando al aeropuerto de Florencia y Betancourt intentó hablar con él para informarle de la situación, pero no fue posible.

 “El presidente se baja del avión, yo camino hacia él, pero se da la vuelta, no me dirige la palabra y se sube a uno de los helicópteros y se va. Esa actitud me hizo comprender que él estaba al tanto de todo lo que estaba sucediendo”, contó la exsenadora.

Tristeza y momentos de decepción aparecieron en su relato en los momentos en que recordaba ese episodio sucedido en el aeropuerto de la capital de Caquetá. Ante los magistrados de la JEP mostró un libro de un fotógrafo francés en el que se aprecian las imágenes de ella, su comitiva y su esquema de seguridad abordando un vehículo oficial, con placas del hoy desaparecido DAS, en el que pretendían llegar hasta San Vicente.

En el camino se encontraron con un retén militar que después se convertiría en el centro de la polémica, porque, conforme lo recordó en su exposición, “la versión oficial del Gobierno es que yo o alguien de mi comitiva firmó un descargo, es ese retén, en el que asegurábamos que pasábamos por cuenta y riesgo propio, ese documento hasta el día de hoy nadie lo ha visto”.

Hoy en día, Betancourt se cuestiona si a todos los que pasaron ese retén los hicieron firmar ese supuesto descargo o únicamente a ella y sus acompañantes. “Si el único descargo que existe es el nuestro, entonces eso quiere decir que alguien sabía lo que iba a pasar”, se pregunta.

TRATOS INHUMANOS

Íngrid Betancourt es la sexta víctima del secuestro que habla esta semana ante la JEP en una serie de audiencias programadas en el marco del caso 001. A esa instancia han acudido, en su orden, Luis Eladio Pérez, Oscar Tulio Lizcano, Alan Jara, general (r) Luis Mendieta y Sigifredo López.

 “Durante los seis años, cuatro meses y nueve días de mi secuestro estuve comiendo arroz. Cuando teníamos suerte comíamos lenteja o pasta”, dijo la excandidata liberada en la famosa operación Jaque de 2008.

En varias oportunidades intentó escapar del infierno en el que estaba metida, pero recalcó que cada vez que era recapturada, los castigos eran terribles y eso, asegura, se generó en ella un cambio en sus relaciones interpersonales que persiste en su conducta.

“El miedo de no saber a dónde me llevaban y qué me iban a hacer, me quebró la confianza en el otro. No saber a quién creerle, quién me utilizaba y quién me iba a traicionar. Eso desencadenó en una paranoia”, dijo visiblemente afectada.

Recordó, además, las veces en las que los encadenaron a los árboles o entre ellos mismos, como también lo contó Alan Jara que iban en parejas amarrados como si fueran esclavos, por lo que las caminatas se tornaban un riesgo adicional porque, si uno caía por efecto se llevaba a su compañero.

De los vejámenes a los que fue sometida, la excandidata narró que uno de los peores fue cuando la ponían a dormir junto a las improvisadas letrinas, a las que llamaban chontos, que usaban los demás secuestrados.

 “Cuando llegaban mis compañeros a hacer sus deposiciones era incómodo para ellos y una tortura para mí. Una crueldad innecesaria”, concluyó.

BOGOTÁ COLPRENSA

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