HOY DIARIO DEL MAGDALENA
Periódico de Santa Marta

Huelga y masacre de las bananeras

Por
CARLOS PAYARES GONZÁLEZ

Líderes de la huelga de los trabajadores en las plantaciones bananeras. De izquierda a derecha: Pedro M. del Río, Bernardino Guerrero, Raúl Eduardo Mahecha, Nicanor Serrano y Erasmo Coronell.

El Gobierno Nacional, encabezado por el doctor Miguel Abadía Méndez, reforzó la zona bananera con destacamentos del Ejército Nacional. Declaró turbado el orden público y nombró como alcalde plenipotenciario de Ciénaga al General Carlos Cortés Vargas.

Algunos terratenientes bananeros habían estado enviando telegramas al Presidente de la República y al señor Ministro de Guerra, en donde hablaban de un complot subversivo en la zona bananera contra de los intereses de la UFCo. y del Gobierno Nacional. En realidad era la UFCo. quien había estimulado esta interpretación sobre los huelguistas en sus privadas comunicaciones con el Consulado norteamericano en Santa Marta y la respectiva Embajada en Bogotá. El Consulado fue quien sugirió la presencia de un buque de guerra de los EEUU en el mar de Santa Marta dispuesto a actuar en caso de ponerse en riesgo la vida de los gringos en la zona bananera. El hecho aparece registrado en algunas comunicaciones de la UFCo. durante la huelga y en algunos escritos posteriores.

EL GENERAL CORTÉS VARGAS:

PIEZA DE UNA CONSPIRACIÓN

El diario “El Liberal” en 1938 definía con claridad qué significaba la UFCo. en Colombia. Decía en su editorial que “Todo lo que se refiere a las actividades de la United Fruit Company tiene propensión a convertirse en cosa oscura, intrincada y azarosa. La Compañía en estos años ha procedido a allanar los obstáculos que ha encontrado en las leyes e instituciones de la República, con audacia y poco escrúpulo. Lo único que sí se ve forzosamente palpable, es que existe una poderosa empresa dueña de todos los resortes vitales de la industria bananera, que controla el crédito, la tierra, el agua, el ferrocarril, los muelles, el trasporte marítimo, la selección del fruto, los mercados internacionales, que lleva muchos años establecida entre nosotros y no tiene nada que arraigue a nuestro suelo, porque en todo ese tiempo no ha levantado sino campamentos transitorios, instalaciones baratas y fugaces con el criterio clásico de la explotación intensiva de las condiciones naturales […]”.

Este fue el verdadero escenario en medio del cual se desplegaron los acontecimientos de la Huelga y la Masacre. El General Carlos Cortés Vargas sostuvo en su libro Sucesos de las Bananeras que la orden de disparar dada a la tropa contra los trabajadores en la Estación de Ciénaga, obedeció al “honor patrio”: el de no permitir la intervención de las tropas extranjeras norteamericanas en tierras colombianas. El Ejército de Colombia se encargó, entonces, de poner los muertos necesarios para defender los intereses de la UFCo. y de unos cuantos terratenientes de la región.

Una cifra de muertos que hasta el día de hoy no se sabe con exactitud. Según diferentes fuentes de información se reseñó así:

La masacre de la madrugada del 6 de diciembre de 1928 fue el resultado nomotético de un mundo conflictivo que se inició desde el amanecer del Siglo XX en la zona bananera del Magdalena. El sacerdote Tomás de Berlangas nunca pensó que al sembrar en 1516 las semillas del banano en la isla La Española, cuatrocientos doce años después, en el distrito de San Juan del Córdoba serían regadas con la sangre de los ‘mozos’ de la fruta del banano. La fiebre del ‘oro verde’ terminó siendo “miasma” con cientos de muertos, tal como había ocurrido con las diferentes pestes en la historia feudal de la Humanidad.

Cortéz Vargas conocía que los trabajadores se trasladarían masivamente a la capital del Departamento en búsqueda de una definitiva solución. Había escuchado de sobra de la inexistencia de alguna tentativa de negociación por parte de los gringos. El Gerente Thomas Bradshaw saboteaba con toda clase de artilugios el asomo de cualquier acuerdo sugerido en varias ocasiones por el señor Gobernador. Los jamones traídos desde Virginia, comprados en los comisariatos por los trabajadores, fueron reemplazados por las fritangas instaladas en la gran Plaza de la Estación. La gente del común saboreaba los suculentos platos propios de la tierra de la sal de espuma y de la nueva fruta prohibida. Se batían banderas tricolores. Se entonaban merengues, porros y paseos.

Al amanecer nadie podía entrar a la Plaza de la Estación dado que el lugar se encontraba acordonado por el Ejército Nacional. Un reguero de sombreros, machetes, mochilas, peroles, banderas, pancartas y unos encharques de sangre coagulada atestiguaban lo que en la oscuridad había ocurrido. Solo hasta la seis de la mañana la tropa permitió el ingreso del Personero Municipal, Gilberto Valdés, los galenos Anselmo Martínez y Manuel J. del Castillo, el Secretario Municipal, Miguel González Hidalgo, y el sacerdote de Pueblo Viejo, Eloy Rada, para practicar el levantamiento de 13 muertos. Sin embargo, los peritos asignados no lograron ver lo que vio el médico del pequeño Hospital de Ciénaga, Carlos Acosta García, quien manifestó al periódico La Nación que las balas usadas eran “dum-dum” (balas expansivas diseñadas para multiplicar el daño). El doctor Acosta García fue apresado y condenado por el delito de sedición y calumnia. El galeno acompañó en la cárcel a otro inocente como lo fue el Abogado Víctor Royero, a quien la tropa maltrató con la penosa tarea de la recolección de los excrementos de todos los apresados.

Las distinguidas familias del poblado de San Juan del Córdoba (llamadas por el pueblo como “de la sociedad”), siempre blasonaban sobre sus partenonicas edificaciones. Parece ser cierto lo que el General Carlos Cortés Vargas manifestaba en su libro “Los Sucesos de las Bananeras” que “la gran mayoría de los 27 mil habitantes de Ciénaga vivían en casas de tablas con techos de paja”. Con un lujo artificioso exhibían los ricos de Ciénaga y Santa Marta las opulentas lámparas del más fino cristal, los gobelinos elaborados en los países bajos, los pianos de cola, los muebles y decoraciones del estilo decadentista de la “Bella Época”.

SE FUERON LOS GRINGOS

En verdad, la UFCo. nunca nos ha abandonado. Hemos mencionado las transmutaciones por las que ha pasado para seguir siendo la misma Gran Empresa en el mundo del banano. Persiste además en el alma de las multinacionales que gobiernan la economía basada en la globalización. La UFCo. siempre procuró en los países donde implantó el banano condiciones de bajos impuestos y de pocas regulaciones. La diferencia estriba en que la UFCo. lo conseguía con sus propios métodos y ahora lo logran por medio de leyes o de tratados económicos.

También se quedó en la mentalidad de aquellos terratenientes que recibían los famosos “Banana Checks” por el arrendamiento de sus fincas o la venta de la producción de banano. Cuando la gran Empresa levantó sus campamentos, produjo una devastación social y económica cuyos coletazos todavía son perceptibles: un cúmulo de pueblos abatidos por la pobreza donde todavía algunos beneficiarios se vanaglorian por haber vivido la “época dorada” del banano.

El testamento de la UFCo. está a la vista de todos: donde hubo una riqueza concentrada en pocas manos, emergió una amplia y extremada pobreza. El infortunio que fue sembrado en los pueblos bananeros no deja aún de incomodar a la historiografía oficial. No la deja gobernar con la placidez deseada basada en la mentira de un progreso social o colectivo que nunca existió. El mismo Zemurray, uno de los dueños de la UFCo., hizo una confesión de culpa cuando, después de haber asumido como director administrativo de la UFCo. en 1932 expresó:

 “Me siento culpable de algunas de las cosas que hicimos. Nuestra única preocupación eran los dividendos. Bueno hoy en día no se pueden conducir los negocios así. Hemos aprendido que lo que es más conveniente para los países donde trabajamos también lo es para la Compañía. Probablemente no podremos lograr que el pueblo nos quiera, pero podemos hacernos tan útiles para ellos, que lleguen a desear nuestra permanencia”.

Cuando la tierra se fue “cansando de dar bananos”, de absorber toneladas de pesticidas, como lo ha dicho Fallas:

 “Fue entonces cuando levantaron sus rieles, destruyeron sus puentes y, después de escupir con desprecio sobre la tierra exhausta, se marcharon triunfalmente hacia otras tierras en otros continentes de conquista. Se marcharon arruinando hasta a los criollos ingenuos que, creyendo poder medrar a la sombra de la bota yanqui, habían plantado sus tiendas en la región”.

Se fueron los gringos abandonando a sus obsecuentes consocios. Se fueron también los trashumantes peones agrarios que llegaron a la zona bananera del Magdalena desde otras regiones y países para nunca más volver. Entonces fue cuando la encopetada “época dorada” se esfumó como por encanto. Fue quedando entonces la maleza.

La reputación de “aldea millonaria” (Ciénaga y Santa Marta) es un tema del pasado. Las monumentales logias y los faraónicos palacios para viviendas de unos cuantos se han tornado irrepetibles. Se acabaron también las “Fiestas del Banano”, con sus distinguidas damas de reinas facultadas por los clubes de los terratenientes. No se volvió a observar el embarque de personas en primera clase de los monumentales navíos que partían del muelle de Santa Marta con ataviados adolescentes para lograr una buena educación y un estimulante roce social en los más prósperos países europeos.

La obsesión por respirar el gélido aire de Bruselas —satíricamente llamada por el pueblo raso como el “síndrome de la bruselitis”— se fue apagando, como ocurrió con las espermas o los dólares que supuestamente eran encendidos en las nocturnas cumbiambas. Según se decía, mujeres de baja reputación bailaban encueras la cumbia ante los magnates bananeros —criollos y forasteros— que, a la vez, “acercaban sus fajos de billetes al fuego para encender cigarros” traídos de la isla de Cuba (Apuleyo Mendoza, Plinio; Gabriel García Márquez. “El olor de la Guayaba”. 1982). A partir de algún día, la tenaz fantasía de los herederos del banano dejó de cimentarse en la florecida fotografía de la Reina de Bélgica, colgada, por cierto, como cualquier santo, sobre la cabecera en las tantas camas importadas de Europa. Solo nos ha quedado una resistente nostalgia de remilgados exegetas de la “Belle Epoque”. Atiborrados de sueños tormentosos, ruegan por una posible resucitación, derivada de una supuesta historia cíclica, que los colocaría de nuevo en el pedestal de una gozosa vida.

Como lo ha dicho Jacques Joset: “el masacrar a los rebeldes no sirve de nada si no se mata a la vez la crónica de la masacre”. Es decir: se impuso la ley del olvidadizo silencio. El desmemoriado discurso oficial ha ido sustituyendo tanto a la verdad histórica como a la memoria popular. Así parece haber sido nuestra más indudable historia.

*Escritor y Colaborador Especial

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