La imposición del crimen

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Los 25 años de la muerte de Pablo Escobar deben servir de reflexión para entender la forma como una errática política gubernamental permitió que un criminal de ese tamaño fuera creciendo hasta convertirse no solo en el narcotraficante mas importante del mundo, sino en el asesino mas temible de Colombia, que fue capaz de ponerle tarifa a todos sus secuaces por cada policía que acribillaran.

Es la historia no solo de la imposición del delito sobre todas las circunstancias, sino de la forma como la corrupción le permitió permear todos los estamentos posibles, hasta incrustarse en la entraña misma de las instituciones, que terminaban colocándose a su servicio para cometer todas las fechorías que se le ocurrieran.

Fuera de eso, llegó a convertirse en la amenaza mas certera para el sistema democrático, pues su poder criminal hacía que quien no se colocara a su disposición, o quien opinara en contra de lo que pensaba, inmediatamente él mismo dictaba la sentencia de muerte, tal como ocurrió con Luis Carlos Galán y con tantos otros dirigentes políticos que valerosamente no se plegaron a él y que de manera admirable se enfrentaron al horror de su bestial personalidad. La prensa tuvo que soportar su peor asecho cuando fue asesinado Guillermo Cano, director de El Espectador y voladas las instalaciones de Vanguardia Liberal cuando valerosamente se exigía en sus posturas editoriales perseguir el delito que azotaba al país.

Y esa bestia creció, porque el país político de entonces y la concupiscencia de sus dirigentes no fue capaz de detener al monstruo a tiempo, lo que le permitió crecer a sus anchas y sembrar el terror.

Por cuenta de Pablo Escobar, Colombia se construyó la peor imagen internacional, cuyas dimensiones nadie llegó a imaginar, y así fuimos un país paria que merecía el repudio y la condena.

Hoy esa historia desgarradora y miserable no puede volver a repetirse bajo ninguna circunstancia. Las cifras del incremento desbordado de los cultivos ilícitos no pueden ser ajenas a la dirigencia política para imponer los correctivos que sean necesarios, convocando de paso a la comunidad internacional para que ese fenómeno no vuelva a resucitar.

La historia tiene que servir para que las nuevas generaciones entiendan el compromiso de no volver a dejarla repetir.

Apostilla: El premio a la vida y obra de un periodista otorgado a Alberto Donadio constituye un justo y merecido reconocimiento a su impresionante carrera periodística, que lo ha colocado a su vez como uno de los investigadores mas calificados de la profesión.

*Abogado y miembro de la Academia Colombiana de Historia y de la Real Academia Española de la Historia.

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