Lo popular como demagogia

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Cada vez que se quieren simpatías para sí o para ganar espacio político y en demás diversos ámbitos, se acude burdamente a lo popular, a lo populista, algo que muchos acogen o tienen como caballo de batalla para ganarse o atraer el favor de algunos incautos, unas de las razones para que se manosee la democracia (que muchas veces se nos aparece como un “orangután con saco leva” como decía Darío Echandía), y para qué vida social, decisiones económicas y demás otros aspectos y escenarios de la vida misma se impregnen de lo popular y populista. Nadie o muy pocos para no ser drásticos en la apreciación, se atreve a ser impopular, irse contra las opiniones imperantes o marcar distancias con lo que de una u otra forma a todos domina.

De allí que no interese y menos importe al común de la gente, Si quien o quienes aspiran a dirigirlos sean incompetentes, corruptos, artistas, payasos, vagos, incultos, iletrados, incapaces, irreverentes, doctores o simples charlatanes. No miran eso, no lo tienen en cuenta. No les es importante. Miran sólo que sea popular, y para serlo, hay que darle gusto a la gente, arengarlos, enervarlos, exaltarlos, mentirles y adoptar poses que a su juicio puedan parecer creíbles.

Olvida de tajo la mayoría, que el problema está en que no todo lo popular es bueno, que la gente se equivoca más de lo que se cree, que se conforma y se ha acostumbrado a lo gratis, fácil y mediocre. La verdad es, si pretendemos, aspiramos, esperamos y queremos una ciudad, municipios y departamento serios, demandamos una ciudadanía que no necesite solamente comentaristas de sus fogosidades y corajes, sino dirigentes que conozcan sus certezas y sepan conducirlos. Que discrepen. Que se atrevan a decir lo malo y peor de cómo funciona la administración pública y cuáles son sus fundamentales deberes, lo que marca extraordinariamente diferencia entre liderazgo y populismo.

Es la democracia sin duda el sistema más sensible a lo popular y lo populista, categorías que han degenerado y transformado en simple y torpe electoralismo. La propaganda y el discurso barato ganan terreno, reducen las campañas a actos de masas en los que prosperan las conductas banales y la compra de conciencias. Sondeos y encuestas acomodaticias se constituyen en la razón de ser de todas las sabidurías y la esencia de las más disparatadas estrategias.

Estamos cayendo en el decir absurdo que no necesitamos líderes verdaderos, sino fabulistas y mentirosos que alientan frustraciones y condicionan toda racionalidad. Gente indiferente, populismo, propaganda, estilos de moda para triunfar al paso y mantenerse en el poder, plantean graves problemas para la democracia, a la que hay que salvar y preservar en sus virtudes, tocando para lo cual indicar sus desequilibrios, así como pensarla y repensarla allende lo coyuntural y pasajero. Comprender cuál es el territorio que queremos y aspiramos. Sirvan de alerta estas líneas cuando estamos más cerca de lo que creemos de una nueva justa electiva y no podemos equivocarnos más, al menos en lo local, municipal y departamental. [email protected]

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