¿Qué vale y qué no?

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Vale lo útil, no vale lo irrelevante podíamos decir sin prevención alguna. Pero veamos. Indistintamente somos útiles o irrelevantes la mayoría de las veces en la medida que nos prestemos o no para consolidar apetitos, avaricias, codicias, ambiciones y poderes ajenos con nuestros votos (muchas veces depositados convencidos de cambios y transformaciones a sucederse), para asistir a múltiples escenarios, oír discursos sin escucharlos, hacer bulto, ser un número más en las estadísticas de asistencia y electorales, satisfacer vanidades, encender pasiones; y en fin, cuando somos usados como objetos de desecho, unos más en el proceso de construir el poder para otros que entran a dominar espacios diversos, cuando somos masa y  materia prima sobre la que actúan las estrategias que sirven a cualquier aspirante.

Somos de una u otra manera la gente, el público informe al que se destina el espectáculo y la publicidad dirigida. El oyente del discurso mentiroso, del discurso de la felicidad y del éxito que nunca se va a cumplir, como vemos día tras día. Cada vez que estamos próximos a una campaña, el realismo imperante nos hace tanto útiles como irrelevantes y pareciera que no entendiéramos ni lo uno ni lo otro. Siempre latente estarán las sensaciones de utilidad e irrelevancia, porque después de las elecciones, a nadie le pareciera interesar la suerte de los anónimos votantes, de esos insignificantes consumidores, de esos mínimos sujetos que forman parte de la multitud que atiborra las ciudades.

El sentimiento de irrelevancia ciudadana que nos va ganado es la expresión concreta de que la democracia atraviesa la más seria crisis de los tiempos modernos de manera grave, persistente y extendida, que podríamos hablar sin ambages de una real y franca decadencia, derivada de la política del ilusionismo y la demagogia, de la caducidad de las instituciones y de la transformación de los territorios en nidos de populismo. El régimen presidencial genera cada vez más dudas. Las constituciones parecen episodios literarios de mala factura, sin más función que aparentar una legitimidad que no existe. La ley en un referente insulso, una regla que se acomoda, se reforma, soslaya o interpreta al antojo de quienes detentan el poder. Lo que existe es apetito de ganar y vocación por dominar fuere como fuere.

La sensación de que la ciudadanía ha perdido la noble connotación que alguna vez tuvo, y que, por arte de manipulación y discurso se ha reducido a asunto vacío, nace del hecho que, una vez consolidado el poder por la vía del electoralismo y concluido nuestro iluso y precario protagonismo, volvemos a ser prescindibles, retaguardia de segunda condición, público al que hay que entretener para que no incomode hasta cuando nos necesiten para el próximo evento. En la larga época de oscurantismo que vivimos, vemos como se minimiza la ciudadanía como artículo de promoción, lo cívico se torna baladí, asistimos sin duda a la decadencia de la democracia, al auge de lo populista, a ser un pueblo sin opciones convertido en público consumidor y la política en espectáculo de quinta categoría. [email protected].

*Abogado

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