Las mejores palabras

460

[themoneytizer id=22300-1]

POR:
GONZALO
RESTREPO
SÁNCHEZ

No hay sino que observar los enfoques y titulares en la televisión, la radio y la prensa escrita sobre el acontecer de la vida misma, para percatarse de unos disparates. Y eso que Colombia es de los mejores países de habla hispana que maneja mejor el idioma español.

Un periodista en la televisión, señalaba a modo de tragedia el abandono de un ciclista de la vuelta a Italia, cuando era una simple situación de la carrera y que es normal que ocurra.

Pero esta reflexión que hace rato vengo observando, no es lo que lo prioriza en este artículo. Es que la palabra, despojada de sus significados originales en la vida política y pública de este país, donde se puede decir una idea y luego contrariarla gracias a la argucia, el atropello y distorsión por parte de los medios de comunicación y las redes sociales  (muchas veces se pronuncia o escribe lo primero que viene a la memoria), permite señalar que no discurre buenos tiempos para la palabra.

Es urgente entonces tener conciencia de la necesidad de acomodar el valor justo de la palabra. Es oportuno. Y es que la noticia reciente del profesor de Filosofía Política de la Universidad Autónoma de Barcelona Daniel Gamper, al ganar con su trabajo “Las mejores palabras”, el 47º premio Anagrama de ensayo y sus 8.000 euros de dotación, pone el dedo en la llaga. “En estos momentos de fake-news y de postverdad constato una devaluación de la palabra, en el marco de unas tendencias liberales constantes, una ausencia de la utilidad de la palabra, por ello reivindico la libertad de expresión”, dice Gamper.

El hogar, la escuela y las universidades entonces, deben estar alerta a este cuestionamiento. Espacios para reflexionar el asunto y dejar tanta violencia y malos entendidos por no usar el vocablo correcto. Existen profesores con Maestría y Doctorados que (a veces) es una pena escucharlos hablar. Se creen “los putas” por tener esos “escalones” demás y emiten ausencia de sencillez y en algunos casos, sin los valores éticos y civiles de las palabras. 

En lo personal estoy abogando en mis charlas por un uso sano y ameno de la palabra, mi gracejo y tesituras en mis charlas TED. Si en una sociedad liberal no hay, en teoría, una censura previa, hay que estar al tanto, aunque reconozco que esto implique algún tipo de riesgo, ya que algún tipo de mecanismo que pueda surgir,  reduzca el concepto de libertad de la palabra y esto si es inoportuno.

De manera que hay que hablar de buenas palabras con sus antónimos, sinónimos, etc. Las peores las palabras (o las más infames) que también existen, sirven para contender sobre lo bueno y lo deshonesto, lo justo y lo inicuo. Aunque deberían estar en el exilio. Pero es que reconozco que la nuevas tecnologías tampoco ayudan (si bien hay brevedad, la entonación desaparece).

Mi recomendación sobre todo esto, es que a  partir de ya, seamos disruptivos con la palabra y el periodismo que a diario ejercemos. Si parafraseando a Rebeca Solnit: “Un libro es un corazón que late en el pecho de otro”,  a la palabra —por evidentes razones—, le ocurre lo mismo. El periodismo disruptivo no solo comprende la forma de hacer periodismo, sino también el talante en que los periodistas se posicionan frente a dicho cambio. De alguien leí que “la carta de presentación de los futuros

postulantes ya no será el curriculum tradicional, sino que se verá respaldada por su trabajo on-line”.

[themoneytizer id=22300-28]

También podría gustarte