“La discreta virtud de la corrupción”

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POR:
GONZALO
RESTREPO
SÁNCHEZ

Una joven vecina del barrio de cuyo nombre no me quiero acordar —no vale la pena—, sin ser una persona económica, social y educada para nada, vivía (engañándose) y engañando a las personas a su alrededor de que era una economista, que tenía una oficina y que era  una buena tarjetahabiente (nada de ello tenía) y como era  lógico de suponer, un día cayó en sus garras un pobre señor que le creyó (muchísimo más culto que ella) y quedó al poco tiempo siendo desesperadamente timado.

Pero bueno, esto ocurre en la vida. Angustiosamente, personas con actitudes farsantes las vemos a diario. Incluso, cuántas veces por “necesidad” tú y yo hemos tenido que proceder aparentando creencias, modelos sociales, económicos, acuerdos, virtudes, emociones o maneras de ser que, en realidad ni sentimos, ni seguimos, ni poseemos, ni creemos —ni que fuera una película—.

Y es que el cine, el teatro y la literatura nos brindan los ejemplos más descarados. La hipocresía consiste en la “simulación de buenos sentimientos y loables intenciones con la finalidad de engañar a alguien” (Zingarelli, 2000: 949); la etimología del término proviene del verbo griego hypokrinesthai, el cual —entre sus varios significados—, con el que mejor pactamos es el de “representar un personaje”.

En el Caribe utilizamos mucho el vocablo disimula (como encubrir) para tapar una verdad. ¿O es mejor decir “simula”? Según la definición de Torquato Accetto “se simula lo que no está” (1997: 27). Simulador es, entonces, quien confirma verdadera, la inexistente representación de un estado de cosas, con la intención de engañar. Creo —en el fondo— que en un país como Colombia, se respira muy bien la simulación. No hay sino que observar la conducta no verbal de todos los implicados (buenos y malos) en el famoso caso del guerrillero de las Farc a extraditar, para verificarlo.

Gaspar Kœnig (“La discreta virtud de la corrupción”) expresa que, “una sociedad que renuncie a la corrupción, sería como impedir a un bebé respirar” (2010: 202).  Y es que la corrupción no solo está al alcance de una élite, sino que conversa diariamente con la existencia y, envuelve —aunque sea pequeña— una función social.

Visto así el asunto, no queda más que decir que, de alguna manera, todos somos corruptos y simuladores. El sustantivo corrupción proviene del latín corruptio, y este representaba para los clásicos romanos, algún tipo de alteración. Este cambio es interpretado como algo negativo. Es revelador que el uso más antiguo que encontramos de la palabra corrupción, es el de la muerte de los seres vivos. Y es que si el conocimiento de uno mismo necesita el reconocimiento de la percepción de los demás, dicha percepción de inicio, deforma la ya distorsionada autopercepción del sujeto. Realmente estamos jodidos.

Pero vayamos al cine para hablar de esas falsas apariencias: la película de Polansky “Chinatown” (1974). Filme que atraviesa la hipocresía, hasta los secretos y falta de transparencia que muestran a algunos personajes y entidades; básicamente aquellos con recursos suficientes para simular todos sus crímenes —independientemente de su índole y gravedad—. El personaje de Jack Nicholson, JJ Gittes, que se encuentra en cada escena del filme, toma la línea de Bogart y la afina. Él caracteriza a un hombre agradable y triste.

Pues bueno, de alguna manera lo que ocurre por estos días en nuestro sufrido país, bien se podría titular una crónica: “Chinatown” y la discreta virtud de la corrupción. Cuando uno está comportándose de manera aparente, fingiendo ser alguien correcto, en ello mismo no hay moral auténtica, solamente se quiere conseguir algunos “resultados”. La misma naturaleza, dice Kant, ha permitido al hombre engañarse a sí mismo, y con gusto.

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