La biblioteca de los libros rechazados

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POR: GONZALO

RESTREPO SÁNCHEZ

Anticipando con sinceridad que no he asistido al funeral de ninguno de mis libros, nunca he escrito pensando en ser un best seller y sobre todo porque he sido editor de mis propios textos. De no haber sido así, de pronto —digo ¡de pronto!— estaría contando otra historia.

Pero intentando imaginar una biblioteca en el mundo que agrupe todos los libros rechazados por los caprichos de los editores, creo nos asombraría de ver tanto texto en el olvido. Ahora, otra cosa es el tema de los libros prohibidos. Cuando Virgilio prohibió en su testamento la publicación póstuma de sus manuscritos inconclusos —voluntad que Augusto no respetó, resguardando así la ‘Eneida’ para la posteridad—, su disposición cumplía motivos estrictamente literarios y estéticos. En el caso de Kafka es diferente. Kafka quería tener la certeza de que se destruyera sin excepción «todo lo que he escrito o dibujado».

Cuando se piensa en la filosofía cínica, viene seguidamente a la mente el nombre de Diógenes de Sinope, quien llevó sus manuales hasta su forma más extrema. Fue el autor de afamadas ‘travesuras’ y como transitar con una linterna en plena luz del día las calles de Atenas en ‘búsqueda de un hombre’. Si en el mundo existe el cinismo a flor de piel, el cosmos editorial y algunos críticos literarios no se escapan a ello.

De todas formas, este tipo de procacidad se puede también traer a colación en el cine. En la reciente película francesa ‘La biblioteca de los libros rechazados’ (2019). Dirigido por Rémi Bezançon y, escrito por él y Vanessa Portal, está basado en la novela de David Foenkinos. Este escritor y músico francés a su vez se inspiró en una novela de Brautigan en la que narra a un bibliotecario  en Crozon que recogía todo libro rechazado por las editoriales —historias descartadas—, postergados al olvido y forzados a no ser publicados.

El texto audiovisual nos indica que el éxito —y el fracaso, aunque no me gusta este vocablo de cualquier obra artística— y la consecuencia que tiene en el autor —en su autoestima y su ego— son los semblantes más seductores a analizar. Aunque no olvidar que “lo que hagamos en vida tiene su eco en la eternidad”. Asimismo recuerdo una frase de Carlos Fuentes cuando señala que los primeros libros que se escriben son los últimos en ser editados. Otro caso en este contexto, sería el del joven Marcel Proust que escribe “Los placeres y los días” —su primer libro—, en el que asoman soterrados los temas que iban a convertir “A la busca del tiempo perdido”, la gran novela del siglo XX.

Si así lo entendemos, el arte de escribir (qué y para quien) no es otra cosa que un pretexto de escribir y ser feliz en la intención de ello. Además y tal como lo escuchamos en el filme: “Un buen libro parece escrito para uno mismo”.

El resultado pues de esta película, es una historia de detectives —si se quiere ver así, y que permite el lucimiento del actor Fabrici Luchini como Jean Michel Rouche—, sin crímenes, pero sí de un autor literario que no existe. Esta idea madre es interesante y el cineasta lo resuelve con categoría. Una película que les llegará (como a mí) al no haber asistido al funeral de ninguno de mis libros —tal como lo digo al comienzo del artículo—, entendiendo que no se puede obligar a la gente leer.

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