Incidente en first class

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Aquí donde me ven pero la vida me dio la oportunidad de orinar en first class. Ya puedo desocupar el amarradero. Confieso que he vivido. Y meado.

Aclaro que no pagué esa primera clase en Lufthansa. Como hubo déficit de ricos en un vuelo entre Fráncfort y Bogotá, el piloto nos invitó a pasar a primera. Eso de estar arriando first class a toda hora toda la vida es una jartera.

Quienes no salen de primera saben que el cliente se apoltrona y de una  las azafatas le están embutiendo trago. Ese día me decidí por un coctel de cuyo nombre no puedo acordarme (¿Americano?).  Era algo así como gasolina para aviones.  En par minutos estaba “volando”.

Entrando en materia, el día de mi debut en first class me dieron ganas de hacer pipí como a cualquier millonario o a cualquier pordiosero y orondo  me encaminé a la tierra prometida del baño.

Aproveché para mirar despectivamente a los pobretones de clase económica, mis hermanos de clase. (Quien los manda a no tener gerentes  amigos).

Pero este viajero VIP de Lufthansa ignoraba cómo funcionan los baños de primera. Me demoré más de lo que ordena el manual en descubrir cómo abrir la puerta.  Finalmente lo logré.

Entré al baño  y me encontré con un  tropiezo adicional. Nada que daba con el aparatico ese con el que se prende la luz. Y aquello (la meada) respirándome en la nuca.

Como no soy tan caído del zarzo –eso pensaba- al final logré dar a tientas con lo que creí era la taza del inodoro. Me sentí feliz como si hubiera inventado la rueda. Y empecé la evacuación de la gasolina para aviones que me había servido la valquiria de Lufthansa.

Pero a veces sucede lo que no se  espera como dicen los boleros. Lo que creí que era la tasa del inodoro era la pared. Lo sentí en los pies: claro, el producto de la meada empezó a regarse por todo el piso. En segundos tenía las medias mojadas.

La meada me pareció eterna como la desfachatez de los corruptos.

No quiero alargar el chico porque el tiempo es oro. Salí del baño, con las medias empapadas y dejando marcados mis pasos que me llevaron a mi silla en first class al lado del chiquito  Luis Alberto Moreno, actual presidente del BID,  quien en ese entonces era un simple vendedor de comerciales de televisión. (Desde entonces, cuando viajo en tercera, mi hábitat,  llevo la hoja de vida por si me toca al lado de algún personajete).

La travesía desde Alemania apenas empezaba. Como pude, me deshice de mis medias. Ni siquiera el caviar que despaché acompañado de queso pornográfico y delicado vinillo blanco, muerto del frío, calmaron mi bochorno.

Muy desafortunado mi debut en first class. Desde entonces, me dejé de arribismos y no salgo de clase económica ni a palos. Al marrano con lo que lo crían.

*Periodista

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