“El arte no tiene fronteras”: David Manzur

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David Manzur no es amigo de los homenajes, siente que es una forma de decirle que pare, que su obra ha concluido, pero él, con sus 90 años cumplidos este 14 de diciembre, de los cuales 70 los ha dedicado a la creación artística, siente que tiene mucho que dar y sus mejores obras están por ser realizadas.

El pintor, que ha vivido en diferentes continentes y tiene su taller en Barichara, Santander, pero es oriundo de Neira, Caldas, recibe estos homenajes con gran aprecio, sin dejar de aclarar que seguirá pintando “a la brava, quieran o no, lo haré”.

Así lo expresó mientras recorre las instalaciones del Museo de Arte Moderno de Bogotá, donde ya se encuentra abierta ‘El oficio de la pintura’, la exposición conceptualmente más completa, hasta el momento de David Manzur, que se extenderá hasta el 23 de febrero de 2020.

Con más de 60 obras, de 1958 hasta hoy, esta exposición ofrece un repaso por la trayectoria de Manzur, haciendo énfasis en su trabajo actual, muchas de ellas realizadas especialmente para esta muestra. Incluso, en una parte de esta exposición, la obra de Manzur entra en diálogo directo con creaciones de otros artistas, como es el caso de Verónica Lehner y Julián Burgos.

 

70 AÑOS DE ARTE

– ¿Cómo han sido estos 70 años de arte de David Manzur?
Las artes serían muy subjetivas, muy individuales si no tuvieran el apoyo de los medios de comunicación que las expanden. Hay que pensar que en el siglo pasado fueron los medios de comunicación los que permitieron, respaldaron y empujaron los grandes movimientos artísticos de la época.

Cuando alguien llega a mi edad, tiene la historia de prácticamente de un siglo. Las experiencias han sido muy interesantes, en especial con quiénes me he juntado a lo largo de la vida. He tenido la oportunidad de conocer grandes artistas, dialogar con ellos, verlos y, en este caso, es una oportunidad de poder ver al pintor que he sido, que he dejado de ser y al pintor que sigo siendo.

– ¿Continúa su actividad creativa?
Es increíble pero tengo hoy una visión muy clara del lugar hacia donde debo seguir. Generalmente, lo que viene es lo importante, aunque suene raro viniendo de una persona de 90 años de edad, pero si yo pudiera vivir cien años más, los extremos de la conceptualidad, de la concepción y de la investigación mental sobre el misterio del arte, podría encontrar muchas respuestas que no tengo ahora. Cada una de las obras que creo hoy, siguen siendo un gran interrogante.

En un individuo se repite mucho la historia del arte. Es una historia llena de enmiendas y uno aprende a que el oficio muchas veces puede ayudar a aquello que la conceptualidad a veces no logra. Existe una idea que es conceptual, pero si no se tiene un oficio que la realice se queda en el cerebro y nunca se puede ver.

– ¿Cómo mantener la energía creativa intacta?
Tengo amigos, colegas, incluso menores que yo, que van perdiendo la facultad, la agresividad, la investigación, y se contentan con lo sencillo, dejando de lado la profundidad y caen en la repetición. Existe un grupo de artistas que llegan a mi edad, ven tan clara su experiencia, que saben qué es el mejor de los trampolines para dar un paso adelante. Esto es lo que estoy haciendo con atrevimiento.

Otro aspecto importante es el diálogo y la relación humana. En mi caso, la aparición en mi vida de Felipe Achury, que me permite el diálogo generacional, ayuda físicamente y tiene un sentido crítico por su cultura, que me permite hacer un juicio de mí mismo también.

– En esta exposición se encuentran obras suyas desde 1958 hasta una buena selección de trabajos inéditos y recientes. ¿Alguno preferido?
Nunca me conformo con la obra y siempre creo que en cada obra puedo dar un paso mejor. La obra que más me ha interesando, siempre, es la obra que aún no he hecho.

– ¿Cuál es la clave para llevar 70 años de arte y querer seguir creando?
He trabajado toda la vida, pero siempre con el sentido y el interrogante que es el arte mismo. Nunca he tenido lo que algunos llaman un sistema claro para lograr soluciones a la hora de enfrentarme a una pintura. En esto del arte, cuentan mucho varias cosas, como los medios de comunicación, los críticos, los curadores y los directores de museo, lo que hace que en muchas ocasiones se pueda sentir que se pierde la meta.

– Dentro de sus nuevas obras se encuentra un homenaje a las víctimas de Bojayá…
Más que un homenaje, queríamos dejar una especie de testigo, desde el arte, de los muchos que seguramente se están haciendo, sobre los problemas del terrorismo que no sólo sufrimos en Colombia, sino en todo el mundo. El caso de Bojayá es un caso de terrorismo inaceptable que ojalá nunca se vuelva a repetir.

Decidí hacer un políptico, que son varias obras unidas, en donde parto de aquella primera imagen de dolor que tuve de niño viendo los cuadros de los flamencos. En el panel central se encuentra el hombre anónimo, que no tiene nombre y que ha sido sacrificado, a quien vemos en todas partes. Al final, las puertas y los vestigios de una explosión.

Está exhibido con una luz muy baja, para ser visto en silencio y en la forma más subjetiva posible y menos teatral posible.

– ¿Cómo ve la exposición ‘El oficio de la pintura’?
Es la muestra de un proceso evolutivo, donde cada experiencia sirve para empujar a la que viene. A mí el pasado no me interesa mucho, pero el curador decidió poner en mis ojos el proceso para poder justificar esto, que la gente vea lo que he hecho, pero que sepan que sigo creando y que seguiré creando.

Esta es una muestra en la que a veces siento que estoy viendo a varios pintores, pero luego recuerdo que son obras creadas por mí, la contemporaneidad es así.

– ¿Cómo ha sido su trabajo desde Barichara?
He vivido en distintas partes del mundo, y en parte de ellos, llega el invierno y todo se vuelve muy oscuro. Visualmente no me afectaba pero sí mi temperamento y mi ánimo. Vivir en lugares donde la noche empieza a las 3:00 de la tarde no era para mí.

Nací en Colombia, me crié en África, conozco muchas partes del mundo. De pronto, Dalita Navarro y Belisario Betancur se fueron a vivir a Barichara, Santander, y me llamaron para que fuera. Yo quería salirme de Bogotá, porque para estar encerrado como suele ocurrir con un pintor, cualquier lugar es bueno.

Fui y sentí, por la luz, la temperatura, quizás me recordaba los pueblos de España, por lo que hice el estudio que siempre había soñado, con techo muy alto y las entradas de luz adecuada, y nunca he trabajado mejor que allí.

– ¿Un pueblo en crecimiento?
Siempre me gustó la idea que tuvieron Dalita y Belisario al irse a Barichara, como un piloto cultural para demostrar que en países como Colombia es más valioso el pueblo que la ciudad misma. Un pueblo es un privilegio, por su gente, la verdaderas esencia del país.

– Y las moscas siguen presentes en sus obras…
En los estudios de pintura siempre hay reflectores los cuales suelen atraer las moscas. Por otro lado,  está la historia del Papa Juan Pablo I, que duró un mes no más, y yo vi por televisión sus honras fúnebres, y le hicieron un acercamiento a su rostro, que por más incienso y por más guardianes, la mosca estaba ahí y ganaban.

– ¿Cómo ve el arte hoy?
Las comunicaciones abrieron una vitrina para que toda una generación tenga información sobre las manifestaciones del arte. Lo que sí les puedo decir es que se pueden olvidar de un arte colombiano, porque las fronteras ya no existen. La simultaneidad en las comunicaciones ha hecho que lo bueno hecho en Colombia esté muy bien, pero que no tenga características colombianas, pasaron a ser universales. La competencia de cualquier artista joven dejó de ser local para ser mundial. El arte no tiene fronteras.

BOGOTÁ (Colprensa).

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