Del Bristol al almanaque de Las Clarisas

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En el principio fue el Almanaque Pintoresco de Brístol. Muchos años después aparecieron los almanaques de pared para colgar de allí el tiempo y una que otra modelo con déficit de ropa y superávit de silicona.

188 años después de su primera circulación, el Brístol le conserva fidelidad a la nada erótica portada de color zapote, el mismo que se utiliza en las vías para anunciar desviación o hacer notar la presencia de ciclistas.

En la portada aparece el mismo señor de siempre, con remoto parecido a Carlos Lleras de la Fuente, pero menos cascarrabias. Se trata de Cyrenius Chapin Bristol, un farmaceuta que quería promocionar su jarabe tónico de zarzaparrilla y divulgar consejos.

La fidelidad del almanaque se mantiene a lo largo de toda la edición que circula en todas las librerías-semáforo del país. La biblia nunca desmentida de la meteorología es el único libro que circula sin problemas en semáforos y en librerías.

Es artículo de fe que al Brístol no se le escapa un aguacero. De las previsiones se encarga el Observatorio Naval de Estados Unidos. Dicen ellos y a la gente hay que creerle…

Mientras los meteorólogos de satélite apenas se atreven a pronosticar las lluvias de mañana, si mucho, el Brístol, cuenta con pelos y señales las lluvias a doce meses vista.

Uno y otros pronosticadores que han hecho del estado del tiempo una noticia de todas las horas, se les debe creer… pero con un paraguas  debajo del brazo.

No todo es perefecto: el Brístol es el mayor “depredador” de peces porque datea a los pescadores sobre los mejores días para el paciente deporte de bañar lombrices a cambio de agarrar pescaditos.

No hay eclipse o silencio de luz que se le escape al Bristol.

Ni más faltaba que el Bristol dejara de anunciar el Agua Florida de Murray que no sólo aroma el cuerpo de las bellas sino que “ayuda a aliviar dolores de cabeza, migrañas, períodos de vértigo, etc.m y purifica el aire de las habitaciones”. Todo por el mismo precio.

Tal vez por su versatilidad cuando llamé a la farmacia de mi barrio a comprar ese o el Tricofero de Barry fortificado con Pantenol  me informaron que no sólo no lo hay sino que jamás lo han vendido. Pero se sigue anunciando que es lo importante. Uno se puede aliviar con la nostalgia.

El Brístol se ha convertido en una costumbre de finales y principios de año: hay que comprarlo para leer ese inofensivo best seller que es la tragicomedia en varios cuadros que produce una leve sonrisa mezclada con ingenua conmiseración.

Sin duda, en todo almanaque que  sale a la circulación, hay un Bristol en su árbol genealógico. Si el Brístol sirve para mirarlo y no tenerlo en cuenta, es imposible no ver y llenarse de ideas cuando aparecen almanaques con las modelos de turno. Se trata de bellas generosas que redistribuyen con los feítos de la llanura su ingreso estético.

Tal vez los que primero colgaron de la pared sueños con cuerpo (mejor, con cara) de mujer fueron los del cigarrillo Pierloja de circulación restringida en tiendas de barrio. Como el Corazón de Jesús, ellas nos miraban desde la pared con tanta conmiseración  que uno puede concluir para su “presuntoteca” que les caímos bien.

Los almanaques con churros son de buen consumo también entre los descendientes de Onán que se encuentran en talleres de mecánica y en cuartos de estudiantes que se suben por las paredes de sus ganas.

Entre fotógrafos y agencias de publicidad volvieron pingüe negocio el afán del hombre de mirar imposibles de dos pies y las convirtieron en reinas indiscutidas de la pared.

Pero lo que nadie se imaginaba es que la sociedad de consumo llegara al silencio de clausura de las monjitas de Santa Clara, fundadas por el mínimo y dulce Francisco de Asís, como lo bautizó Rubén Darío.

En el almanaque que compré hace años en Bogotá –  que no sé si sigue circulando-  en vez de modelos que paran el semáforo, el calendario de Las Clarisas nos recordaba los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos.

Y como las clarisas tiene su reloj con el del Espíritu Santo que a su vez lo tiene con el de la eternidad, informaban cuándo habría luna llena, o creciente, o nueva o menguante para que sepamos cómo barajar y definamos con tiempo a qué siquiatra hay que visitar. O qué productos sembrar.

Y no se paraban en pelos para desmoronar nuestras bases teológicas que leímos en Astete o en la historia sagrada del bachillerato. No, las hijas de San Francisco de Asís –que no falte en el almanaque su Oración por la paz- aclaraban que lo que “realmente ocurrió no ocurrió tal como lo leemos” en la Biblia.

Y mientras muchos tuvimos en Eva a nuestro primer amor platónico, las clarisas aseguraban  que “nunca existieron como personajes históricos y que “al autor (Moisés) le da a esta primera pareja unos nombres simbólicos”.

¿Existió el paraíso?, era la pregunta de marzo. Respuesta que también nos bajó la caña a más de uno: “Como lugar geográfico nunca existió”.

El colorido almanaque  incluía  los santos del día para cuando los nuevos padres anden escasos de nombres para sus vástagos.

Las monjitas hacen noticia desde cuando regentaban el Convento de Santa Teresa que inspiraron el libro de Rodolfo Segovia Salas: “Cartagena en los tiempos del Convento de Santa Teresa”.

En esa época manejaban y seguían la historia a través de las rendijas del monasterio, hoy convertido en hotel. Para ellas, la cerradura del convento hacía las veces de CNN a través de la cual se informaban. Ahora se dejan sentir a través de su Calendario Católico

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