Nochebuena, tiempo de fe, unión y amor

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Sea esta la ocasión para que muchos hogares samarios se dispongan a recuperar los valores que nos enseñaron nuestros abuelos: el amor, el respeto, la tolerancia y la responsabilidad.

La celebración de la ‘Nochebuena’ es uno de los momentos más esperados por los hogares samarios, especialmente para  los niños, quienes se ilusionan con el Nacimiento del Niño Dios y por consiguiente por lo que les traerá en estas Navidades.

Sea esta la ocasión para que muchos hogares samarios se dispongan a recuperar los valores que nos enseñaron nuestros abuelos: el amor sincero, el respeto, la tolerancia y la responsabilidad, entre otros de vital importancia para actuar como verdaderos seres humanos, disfrutando de las pequeñas cosas y de compartir con aquellas personas que no tienen los medios económicos o anímicos para hacerlo.

Hoy, los fieles católicos se disponen a celebrar el último día de la Novena de Aguinaldos, y la Iglesia nos llama a la unión familiar ante todo y orar por la paz de Colombia, así que todos estamos llamados a participar de este acto de fe, teniendo en cuenta el siguiente orden:

NOVENA DE AGUINALDOS

Oración para todos los días: Buen Dios de infinita caridad, que tanto amaste a los hombres, que les distes en vuestro hijo la prenda de tu amor, para que hecho hombre en las entrañas de una Virgen naciera en un pesebre para nuestra salud y remedio; yo, en nombre de todos los mortales, te doy infinitas gracias por tan soberano beneficio.

En retorno de él te ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro hijo humanado, suplicando por sus divinos méritos, por las incomodidades en que nació y por las tiernas lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongas nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con tal desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna y more eternamente. Amén. (Se reza tres veces Gloria al Padre).

CONSIDERACIÓN DEL NOVENO DÍA

La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desatendidos por los hombres, y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina.

Seguía a la reina de los ángeles el juramento que le había servido de humilde cabalgadura durante el viaje, y en aquélla cueva hallaron un manso buey, dejado allí probablemente por alguno de los caminantes que habían ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas racionales, va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto y con su humilde actitud el respeto y la adoración que le había negado Belén.

La rojiza linterna que José tiene en la mano ilumina tenuemente ese pobrísimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del altar, y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres.

María está en oración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterio.

Pero ha llegado la medianoche, y de repente vemos dentro de ese pesebre, poco antes vacío, al divino Niño esperado, vaticinado, deseado durante cuatro mil años con inefable anhelo. A sus pies se postra su Santísima Madre, en los transportes de una adoración de la cual nada puede dar idea.

José también se acerca y le rinde el homenaje con que inaugura su misterioso e imponderable oficio de padre adoptivo del Redentor de los hombres. La multitud de ángeles que desciende de los cielos a contemplar esa maravilla sin par, dejan estallar su alegría y hacen vibrar en los aires las armonías de ese Gloria in Excelsis que es el eco de la adoración que se produce en torno del Altísimo, hecha perceptible por un instante a los oídos de la pobre Tierra.

Convocados por ellos, vienen los pastores de la comarca a adorar al recién nacido y presentarle sus humildes ofrendas. Ya brilla en oriente la misteriosa estrella de Jacob, y ya se pone en marcha hacia Belén la caravana espléndida de los Reyes Magos, que dentro de pocos días vendrán a depositar a los pies del Divino Niño el oro, el incienso, y la mirra, que son símbolos de la caridad, la adoración y la mortificación.

¡Oh adorado Niño! Nosotros también, los que hemos hecho esta Novena para prepararnos al día de nuestra Navidad, queremos ofrecerte nuestra pobre adoración. ¡No la rechaces! ¡Ven a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor! Encended en ellos la devoción a vuestra santa infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad, sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fielmente practicada y celosamente propagada, nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando nosotros todas las virtudes cristianas.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VÍRGEN

Soberana María, que por vuestras grandes virtudes, y especialmente por vuestra humildad, mereciste que todo un Dios te escogiera por madre suya, te suplico que prepares y dispongas mi alma, y la de todos los que en este tiempo hicieren esta novena, para el nacimiento espiritual de vuestro adorado Hijo.

¡Oh dulce Madre! Comunícame algo del profundo recogimiento y divina ternura con que le aguardaste vos, para que nos hagas menos indignos de verle, amarle y adorarle por toda la eternidad. Amén. Se reza tres veces el Avemaría.

ORACIÓN A SAN JOSÉ

¡Oh Santísimo San José! esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Infinitas gracias doy a Dios porque os escogió para tan altos ministerios y os adornó con todos los dones proporcionados a tan excelente grandeza. Os ruego, por el amor que tuvisteis al Divino Niño, me abraséis en fervorosos deseos de verle y recibirle sacramentalmente, mientras en su divina esencia le veo y le gozo en el cielo. Amén. Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y Gloria

GOZOS NAVIDEÑOS

Espejo sin mancha, santo de los santos, sin igual imagen del Dios soberano. ¡Borra nuestras culpas, salva al desterrado y en forma de niño, da al mísero amparo! Ven a nuestras…

¡Rey de las naciones, Emmanuel preclaro, De Israel anhelo Pastor del rebaño! ¡Niño que apacientas con suave cayado ya la oveja arisca, ya el cordero manso! Ven a nuestras…

ORACIÓN AL NIÑO DIOS

Acordaos, ¡oh dulce Niño Jesús! que dijiste a la venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad, agobiada y doliente: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será́ negado”.

Llenos de confianza en Vos, oh Jesús, que sois la misma verdad, venimos a exponerte toda nuestra miseria. Ayúdanos a llevar una vida santa, para conseguir una eternidad bienaventurada.

Concedednos, por los méritos infinitos de vuestra encarnación y de la infancia, la gracia de la cual necesitamos tanto… Nos entregamos a Vos, oh Niño omnipotente, seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza. Y de que, en virtud de vuestra divina promesa, acogerás favorablemente nuestra súplica. Amén.

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