Día de los Fieles Difuntos, tradición que no se pierde

Las personas acuden masivamente a los cementerios para colocarle flores y velas a sus familiares fallecidos. / MONTINER ALVIS

 

Recorrer los campos santos de la ciudad un 2 de noviembre, es encontrarse con múltiples formas de expresión de cariño y afecto de muchos familiares hacia sus seres queridos fallecidos

Cada 2 de noviembre los samarios cumplen la cita con aquellos seres queridos que han partido del mundo terrenal al celestial, cumpliendo con la tradición católica de orar por ellos para que permanezcan en la presencia de Dios y junto a Él, los sigan acompañando como ángeles en su trasegar por la tierra.

El Parque Cementerio Jardines de Paz es uno de los más visitados en esta fecha especial, pues allí llegan muchas personas a visitar las tumbas de sus familiares y amigos para honrarlos como se merecen, orando y llevándoles flores.

Desde muy temprano, los samarios católicos acudieron a los cementerios de la ciudad para honrar con sus oraciones a sus familiares fallecidos.

 

Entre tanto, el cementerio San Miguel, ubicado en pleno centro de Santa Marta y considerado como el camposanto de mayor antigüedad en la ciudad, se convierte en el escenario de mayor afluencia de mujeres, ancianos, niños y jóvenes quienes acuden para colocar flores y velas en las tumbas, como símbolo de su deseo por el descanso eterno de sus almas .

Recorrer los estrechos callejones de este cementerio, es encontrarse con múltiples formas de expresión de cariño y afecto de familiares a sus difuntos: familias que han construidos medianos y grandes mausoleos con figuras angelicales, tumbas decoradas con coloridas tarjetas, fotografías o cualquier otro elemento, con los que buscan hacerle sentir a sus  seres queridos fallecidos que no han sido olvidados y que su recuerdo se mantiene intacto en sus corazones.

Mónica Castro lleva más de 20 años rezándole no solo a sus seres queridos fallecidos, sino a los de otras familias; además de limpiar sus tumbas.

 

Nancy Díaz hace parte de esos fieles católicos que quieren mantener viva la santa costumbre de visitar a sus difuntos; desde muy temprano en la mañana se congrega junto a su madre, hermana y sobrino en torno a las tumbas de Rafael Díaz Bolaño y Jesús Díaz Pérez, su padre y hermano que fallecieron hace 13 y 11 años, respectivamente.

“Hay muchas personas que no lo hacen ya, pero yo particularmente me siento bien viniendo a visitarlos, a pesar de que a veces me dicen que para qué vengo, que ya no están ahí, pero la verdad es que venimos siempre a ponerle sus flores, porque a mi papá le gustaba estar siempre bien y queremos que se sienta así después de muerto y así lo recordamos”, narró  Nancy con mucho fervor.

El día de los fieles difuntos hace parte de la tradición católica en la que se reza pidiendo por el eterno descanso de los fallecidos. /LUIS PARRA

 

Su madre, quien reposa en una silla plástica tratando de apaciguar el calor causado por el inclemente sol que empieza a sentirse a medida que transcurre la mañana, pierde su mirada en el sepulcro de su marido, mientras sigue comentando Nancy: “Estamos aquí desde la 8:30 de la mañana y todavía falta otro rato; la traemos para que esté con mi papá y pedimos a Dios para que nos la tenga por muchos años más”.

“Le colocamos el arreglo floral que tiene ahí en la tumba y nos quedamos aquí como si estuviésemos visitándolo a él y no solo anualmente, sino que en el año venimos muchas veces, el día del cumpleaños, del padre y entramos al cementerio”, agregó.

Al cementerio San Miguel acuden mujeres, ancianos, niños y jóvenes en familia, para recordar a aquellos que han partido de este mundo terrenal.

 

Nancy y su familia convierten el cementerio en un recinto de remembranzas, pues evocan los momentos vividos junto a su padre y hermano en vida; ríen, lloran; se mezclan sentimientos, pero a la vez con la tranquilidad de que ellos descansan en paz.

“Los recuerdo de una manera especial, como un excelente padre; yo creo que como mi papá pocos, por eso será que todavía lo lloro; siento como si hubiese sido ayer que partió”, concluyó Nancy.

 

“NO LE TEMO A LOS MUERTOS”

En el jardín del cementerio San Miguel se tejen muchas historias cargadas de misticismo, tristeza, miedo –para muchos-, la de Mónica Castro no es ajena a este ambiente. Desde que murieron su madre y hermana, con camándula y escoba en mano, esta mujer lleva más de 20 años rezándole no solo a sus seres queridos, sino a los de otras personas, quienes no acuden con frecuencia a visitar a los suyos; además de limpiar sus tumbas.

“Cuando llegan las 5:00 de la mañana ya yo estoy pendiente con mi escoba y mi rosario, vengo a limpiar las tumbas y rezo mi rosario; las personas me colaboran con lo que me quieran dar, no les pido;  pero me dan 2 mil o 3 mil pesos, no les digo que no porque es para las ánimas benditas, esas son cosas de Dios y yo creo mucho en Él”, manifiesta.

Más de dos décadas en esta actividad, han forjado la popularidad de Mónica y ha creado vínculos de amistad con muchas personas que concurren el cementerio, a los cuales recibe siempre alegre; además, su afecto también es con quienes reposan bajo tierra, a quienes no les teme para nada.

“A mí todo el mundo me conoce, quien no me conozca no es de aquí. Me siento contenta de estar aquí con mi mamá –no la veo pero la siento- y a todos los fallecidos no les tengo miedo; es a Dios a quien le temo y no es miedo, es respeto,  le creo porque es grande y Todopoderoso”, afirmó con mucha fe.

 

UN SIGNIFICADO TRISTE

Mientras observa y toca la tumba donde se encuentran los restos de dos familiares, Alba Rosa Hurtado recuerda conmovida que un 2 de noviembre hace 27 años, Rosa Alba, su hija, sufrió un accidente que la dejó quemada y que la tuvo durante seis días en clínica hasta fallecer el día 8 de noviembre de 1990; desde ese momento, acude al ‘San Miguel’ para recordarla.

“Yo trato de venir muy temprano o cayendo la tarde; durante el año lo hago los domingos y soy muy puntual los 2 de noviembre, cumpliendo con la tradición de los tiempos de antes y que uno no los puede dejar, sobretodo para mí, que un día como este mi hija se quemó horrible”, cuenta con nostalgia la señora.

Doña Alba Rosa inicia su recorrido en el barrio María Eugenia, donde reside, pues en el osario de la iglesia La Candelaria reposan los restos de sus padres, quienes no tienen más de 12 años de fallecidos.

 

“MUERTOS YA  PARA QUÉ”

El padre Fajid Yacub, párroco de la capilla del cementerio San Miguel, comentó respecto al significado que tiene para la Iglesia Católica en la actualidad, la conmemoración de esta fecha, en la que aprovechó para insistir a las personas en que disfruten a sus seres queridos mientras vivan.

“En la medida que Dios lo permita, disfruta a tu familia, dedícales tiempo para que cuando muera, no te queden cargos de conciencia sino que los disfrutaste y vayan tranquilos al encuentro con Papá Dios. Estando aquí he aprendido tres cosas:

La gente quiere más a los fallecidos que a los vivos, hay personas que se han muerto sin saber si las querían o no, porque en vida nunca se lo demostraron, y tercero, existen personas que no hacen nada por su ser querido cuando está vivo y quieren hacer de todo cuando ya no están”, expresó el padre Fajid Yacub.

 

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