Percepción de nadería

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Instituciones inconsistentes y animadversión como malquerencia por la acción política, produce en los más una sensación de desarraigo y desprotección, como si no existiesen espacios para presentar nuestros requerimientos ni escenarios para definir nuestras desavenencias. Cada quien camina por su lado y a su andar tratando de protegerse como cree y como considera que puede, como si se tratara de una salida o mecanismo ante la indefensión de la ciudadanía, aspectos que indican desorganización social e incongruencia normativa en el mismo sentido, toda vez que cada cual diseña sus normas como si permitido les estuviera aplicar justicia a cuenta y riesgo por su propia mano.

Situación nada nueva, como si prefiriéramos comportamientos, prácticas y una realidad política que se itera perfeccionándose con terquedad y pernicia. Caudillismos y personalizaciones surgen por doquier. No hay liderazgos reales. Prima lo mediático. Imperan malamente las redes sociales con contenidos banales y difusos. La corrupción e improvisaciones hacen ola. Aparecen las esperanzas respecto del advenimiento de un “salvador” que nunca llega, para en definitiva seguir en la larga espera de alguien con claridad conceptual y mental que materialice soluciones.

No es culpar porque sí… solo y exclusivamente a la clase política como protagonista y única responsable de lo que acontece…, siendo esencial transformar, trastocar en acción la permanente pasividad de la ciudadanía en una voz alta, honda, airosa, que exija derechos, pero con responsabilidad y cumpla sus deberes. Se trata que tomemos lo cual con la corresponsabilidad que requiere un compromiso que vaya más allá de consignarlo todo en un catálogo de buenas intenciones, sino actuar con confianza ciudadana a pesar de la poca creencia en las funciones del Estado, creyendo que entre todos podemos lograr transformaciones reales y ayudar en el combate a la corrupción e impunidad.

Se hace necesario como imperativo inaplazable, favorecer un acuerdo social del mediano al largo plazo, independientemente de las posturas ideológicas de las organizaciones políticas y los problemas por resolver, entre los que cuentan pobreza, miseria, inseguridad, desempleo, narcotráfico, desconfianza en el sistema político, corrupción, impunidad, inadecuada prestación en el servicio de salud, inseguridad social, déficit de vivienda, microtráfico, narcopolítica y violencia en sus más diversas formas y entre otros flagelos, lo que impone mirar hacia delante, luchar con lo que a mano se tenga e involucrar a la gente en contexto de un diálogo entre generaciones, plural, incluyente y respetuoso, si queremos salir de la crisis que padecemos, en la certeza que la realidad exige aprobar un superior y más profundo ejercicio de la democracia, sin clientelismos ni populismos, siempre perniciosos y perversos que siempre causan heridas y conducen indefectiblemente a polarizar a la sociedad. Seguir en esto, amén de absurdo, me parece un desgaste monumental y costoso, siendo más rentable optar por un grande acuerdo que nos beneficie a todos por igual. [email protected]

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