El derecho a no estar vigentes

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Con ocasión del Día del Periodista (9 de febrero) voy con estas “profundas” reflexiones:

La siguiente pregunta se la hicieron a una colega en el bullicio del supermercado, ese Vaticano de la sociedad de consumo: “¿Y vos todavía estás vigente?”.

La destinataria de la pregunta quedó de recoger con cuchara, anímicamente. Le recordé, para empezar, que “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”, así que es natural que muchas veces ni nos reconozcan. Tampoco importa que nos ignoren. Conviene tirar frescura cuando nos enfrentamos al pelotón de fusilamiento de la vejez.

Ahora ¿qué significa perder vigencia? Si implica no volver a ser invitados a eventos en los que hay que inventar sonrisas y hacerles genuflexiones, dar palmaditas lagartas en la espalda, estar de acuerdo con el sagrado anfitrión, pensar una cosa y decir otra para ser correctos… bienvenidas esas ninguneadas.

Si el amigo, la fuente, o tu tradicional interlocutor, no te volvió a pasar al teléfono, cambia de acera cuando te ve venir porque ya no tienes la sartén por el mango, no responde tus correos ni tus llamadas, ¿con amigos así, para qué enemigos?

Rico ir por la calle, anónimo como la sota de bastos, con todo el tiempo para leer gratis periódicos y revistas en kioscos o supermercados, darle de comer al ojo como cualquier discípulo aventajado de Don Abundio. Ejecutivos con estrés y salarios de miedo –distinto del salario del miedo que se estila en ciertas nóminas- darían esta vida y la otra por meterse a una cinemateca a las once de la mañana.

Por carecer de vigencia el sol no ha dejado de salir, ningún aguacero ha hecho huelga de gotas caídas, tampoco las bancas de los parques se han negado a acoger glúteos fatigados.

Otras ventajas del hecho de perder vigencia: El estrés se fue a alumbrar a los pueblos, se recuperan kilos perdidos, vuelve a servir la ropa vieja y hay tiempo para despachar ese libro cuya lectura hemos aplazado.

Lejos del protagonismo laboral se pueden dar abrazos y besos aplazados, escuchar boleros, escribir cartas refundidas porque había que rendir de sol a noche.

Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cocteles inútiles nos hemos ahorrado, cuántos fulanos dejaron de utilizarnos, cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron remplazadas por madrugadas fructíferas despachando un buen libro?

Más vale vivir la propia vida que vivir muchas  ajenas acompañado, le dije a la colega que también lamentaba que sus viejos camaradas apenas la reconocieran.

Todo esto es válido, especialmente, en el caso de los periodistas a los que nos toca vivir tantas incongruencias. Incluida la de que almorzamos en hoteles de cinco estrellas pero está embolatada la aguapanela en casa.

Cuando pasamos a la clandestinidad nos espera el bello –y difícil- reto de ser anónimos por convicción, en lugar de ser importantes por convención.

Para los que nos hemos ganado la vida como aplastateclas es una delicia escribir por amor al arte, sin el estrés de que nos publiquen. Imitemos a los pájaros que cantan y no se sientan entre el viento a esperar una orgía de aplausos.

Mi amiga sin vigencia y yo quedamos de fundar algún día el sindicato de los no vigentes que tendrá la siguiente divisa:  De anonimato nadie se muere. Se abren las inscripciones.

Por lo pronto, deseémosle suerte, buen viento y buen a-mar a los encargados de darnos el saludable y necesario codazo generacional.

Con la venia de mi ego, aspiro a ser el mismo despreocupado muchacho que tocaba el tambor en la banda de guerra de la escuela José Eusebio Caro, de Aranjuez, de donde soy egresado. El sermón ha terminado.

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