¿Somos ricos o pobres?

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¿La verdad? Para ser francos todavía no sabemos si somos ricos o pobres. Y al parecer pasaremos mucho tiempo sin saberlo.

Por lo pronto, las noticias generadas por la mejor calificación con que empezarán a tratarnos en el ámbito económico mundial, despertaron una cadena de reacciones ambivalentes. Van desde la alegría desbordada porque la prensa dice que autoridades internacionales de indudable respetabilidad declararon que somos ricos, hasta los lamentos por la pérdida de los tratamientos preferenciales con los que nos beneficiaba la comunidad internacional, mientras nos consideraba un país en vía de desarrollo.

Los anuncios, sin embargo, despiertan cierta preocupación pues la gente aún trata de descifrar las declaraciones que nos califican como ricos, y la inquietud aumenta cuando las primeras interpretaciones de la buena nueva indican que apareceremos en las listas de los ricos, pero seguirán pagando nuestros productos como a pobres.

Por lo demás, siguen recordándonos que somos un país de grandes desigualdades, uno de los peores en la distribución del ingreso. Ahora, como ricos, debemos apresurarnos a eliminar los desniveles, pues los otros ricos, los que tienen el manejo económico de tantos años, nos lo reclaman a diario.

 Ya cambió la clasificación oficial. Salimos del grupo de los que se catalogan como desarrollados insuficientemente. Ahora nos homologan como ricos pero desiguales y la subida en el escalafón significa que sí tenemos con qué buscar la igualdad. En resumen, aumenten los impuestos. “Los ricos tienen con qué pagarlos”.

La inquietud no sería tan grande si las medidas económicas igualadoras no significaran golpes seguidos contra la clase media. Es curioso, pero prácticamente todas las disposiciones que se suponen llevan a la igualdad en la distribución del ingreso, conspiran contra la movilidad social.

Persiste la contradicción entre los discursos sobre igualdad y robustecimiento de esta clase y las embestidas a las familias que la integran. Las amenazan con atacarles directamente los ingresos pensionales, pintan como demonios sobre ruedas a los automóviles particulares, atacan el subsidio familiar, uno de los mecanismos de mejoramiento social más útiles para la extensión y consolidación de las capas medias de la población, advierten sobre la inevitabilidad de más impuestos…

Todo esto, precisamente, cuando atravesamos la peor coyuntura para hablar de impuestos.  En un ambiente social tan agitado, como el que vivimos, cuando ingresamos a la liga internacional de marchas callejeras, no es sensato regarle al incendio la gasolina de nuevos gravámenes. Menos, con un aparato estatal incapaz de controlar los niveles de corrupción.  Primero, es preciso limpiar el gasto, lo cual, por sí solo, equilibraría el presupuesto. Después vendrá la eficiencia de la ejecución, pero lo esencial es que no se roben los impuestos de la gente.

Antes de darle rienda suelta a las manifestaciones de alegría porque nos llamaron ricos, vale la pena medir las consecuencias, sino queremos regresar a la calificación de subdesarrollados. Quedémonos con todo lo bueno que significa el reconocimiento internacional de nuestro progreso y, ¡por Dios!, ni se nos ocurra creernos el cuento completo, ni mucho menos comportarnos como nuevos ricos.

*Periodista y Defensora de DD.HH.

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