Urbanismo de 1932

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El ingeniero José Francisco Pinto Acosta me sorprendió con una copia apenas legible de un plano de Santa Marta editado por el ingeniero Osvaldo R. Buckle en 1932. La capital del Magdalena era todavía una ciudad menor que, según el censo de población levantado en noviembre de 1928, tenía solo 24.219 habitantes y su casco urbano trascendía muy tímidamente los límites de la Calle 10B al Norte, camino a Pescaito y la Avenida Santa Rita al Sur y, hacía Oriente la Carrera 9 o antigua “Línea del Ferrocarril” y el Paseo de Bastidas y El Camellón a Occidente.

Al parecer se trataba de un “plano guía” o agenda turística más bien. Porque, además de la información institucional de rigor, trae una historia breve de la ciudad en castellano e inglés y está enmarcado en copioso cuadro de anuncios publicitarios de venta de servicios profesionales de contadores empíricos, abogados y tinterillos, del Hotel y Café Inglés, el Club Balneario de la ciudad, la Hacienda Cincinati y la línea aérea Ciénaga-Barranquilla de la empresa alemana Scadta. El Gobernador para ese entonces era el Doctor Roberto Goenaga y el Alcalde Don Manuel Julián De Mier.

En el plano, mirando la demarcación radical que establece la Línea Férrea a su paso hacía El muelle de carga del Puerto, se detecta un urbanismo claramente determinado. Primero, por la economía predominante de la época basada en la producción y exportación de banano, el Puerto y una aún más incipiente explotación cafetera y lechera en estribaciones de la Sierra Nevada y predios rurales de la ciudad. El comercio, muy moderado, escasamente satisfacía las necesidades domésticas, obligando a los samarios a desplazarse a Barranquilla para completar el mercado. Del turismo, nadie hablaba con aplomo y seriedad.

Y segundo, determinado por la geografía del territorio. El Mar Caribe como barrera natural infranqueable al frente y en la parte posterior y los costados, cerros tutelares, pequeñas elevaciones internas (cerros del Cundí y otros no identificados) y finalmente, el Río Manzanares de súbitas crecientes. Es solo mirar el trazado del viejo camino a Mamatoco, hoy Avenida de El Libertador, para entender su intrincado recorrido desde su origen en la Avenida Santa Rita, pasando por la Avenida de los Estudiantes (haciéndole “el quite” a los cerros del Cundí) y subiendo en línea recta sobre terreno plano pasando por fincas hasta llegar a la Quinta de San Pedro Alejandrino.

El Centro Histórico era como es hoy: una cuadricula casi perfecta, como las diseñaban los españoles. Las calles orientadas de Este a Oeste mirando el mar y las carreras de Norte a Sur, mirando a Taganga y el Rodadero. Un centro poblado por familias ilustres y clase adinerada, instituciones públicas, el Hospital San Juan de Dios, tres centros parroquiales, almacenes de comercio y colegios. Un urbanismo sencillo que con sentido común inducía unas formas racionales  de expansión y crecimiento.

El arquitecto y urbanista francés Le Corbusier no había visitado a Colombia (1945-46) Todavía no se requerían sofisticados planes reguladores en Santa Marta para intuir que la ciudad jamás crecería sobre los cerros y encima del mar, que había que llevar las calles como canales de conexión buscando tierras aptas y dotadas para urbanizar. Se construyeron avenidas (Santa Marta llegó a ser la ciudad de Colombia con más kilómetros de avenidas por habitante) En los años siguientes la ciudad se saturó y se desbordó, atrajo nuevos flujos migratorios y comenzó a improvisar para terminar enfermándose de los males que padecen las grandes ciudades: servicios públicos insuficientes, trancones, inseguridad, desigualdad, invasión de espacios, violencia  y drogadicción.

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