Recordando a Camus

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Desempolvé mi ejemplar de “La Peste” y repasé mis viejos subrayados, como una instantánea de mis inquietudes juveniles. Y lo hice porque, hoy, frente a la pandemia que asusta al planeta y a la mezquina lucha por la hegemonía mundial, que lo aterroriza con el derrumbe del precio de petróleo, el alza del dólar, la fuerte caída de las bolsas de valores y la pobreza, como si no fueran suficientes los temores por la enfermedad y la muerte, la obra de Camus tiene una doble y pertinente lectura.

La primera, que solo estuvo en su imaginación, como “la peste” trasmitida por las ratas en la vulnerable ciudad de Orán; hoy aparece como realidad aplastante para la humanidad, con su misma incertidumbre, su miedo y, sobre todo, su pasmo frente al peso abrumador de lo incontrolable, en el mundo del “todo bajo control” de la tecnología y la hiperinformación de las redes.

Hoy Camus reescribiría su alegoría, ya no desde el cerco físico para atajar la enfermedad o la limitación de las libertades para “proteger a la sociedad de sí misma”, sino desde ese nuevo cerco, que parece “libertad”, de la información exuberante, las mentiras, medias verdades, suposiciones y hasta supercherías, volando por las “redes” y generando desinformación y pánico, a lo que poco ayudan los medios formales, con sus agobiantes ”especiales” y morbosas contabilizaciones de infectados y muertos, que tampoco faltaron en la ficción de La Peste.

Ojalá los medios y las redes encuentren el equilibrio entre la información necesaria y responsable, y la avidez del “rating” y los “likes”, so riesgo de causar un efecto contraproducente de anestesia social y “fin del mundo”; no sea que terminemos de fiesta en medio del desastre, como la orquesta del Titanic.

La otra lectura, la política, la de Camus, es “la peste” como alegoría de la maldad en la Francia ocupada por “las ratas” del nazismo y las del colaboracionismo de Pétain. Es la supremacía de las ideologías -y hoy de los bolsillos- por encima de cualquier consideración de humanidad, peste que también tiene su expresión en el momento actual.

La arrogancia de Putin y su nostalgia del poder ampliado de la U.R.S.S., que lo llevó a anexarse Crimea en 2014, hoy reaparece con la ruptura del pacto con la OPEP para reducir la producción y sostener el precio del petróleo. A la caída de la demanda por el COVID-19, se suma la sobreoferta por la trepada de la producción gringa, de casi el 90%, gracias al eficaz pero “costoso” fracking. Y en ese “costo” radica la apuesta de Putin en su lucha por la hegemonía mundial cifrada en el petróleo.

A Putin no le importan los Saudíes, ni las consecuencias demoledoras de una recesión en medio del COVID para los países pobres o “en desarrollo” como Colombia. A Putin lo único que le importa es tener el precio en el piso hasta que las petroleras de USA agachen la cerviz y Rusia recupere la hegemonía al lado de los árabes. Hoy, como en La Peste, tenemos héroes para salvar al mundo de la pandemia, pero nos faltan héroes contra la arrogancia del poder hegemónico, la verdadera peste de la historia.

Nota bene. En algún momento habrá que anteponer la seguridad de los colombianos a la solidaridad con el vecindario. La multitud de venezolanos entrando y saliendo a diario con la sola protección de un tapabocas, no solo contradice las indicaciones de las autoridades sobre el uso de ese utensilio, sino que es un peligro inminente que sugiere el cierre controlado de la frontera.

*Presidente de Fedegán

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