Una mirada esperanzadora al campo

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Cuando están en riesgo  las libertades, las sociedades acuden al soldado como “héroe patrio”. Hoy, frente al coronavirus, así calificamos a médicos y enfermeras, y cuando se suma la amenaza del hambre, graduamos de héroes a los campesinos, como hizo el presidente en una de sus alocuciones.

Nada más justo. Aunque transparente para el “ciudadano”, solo los ganaderos producimos 900.000 toneladas de carne y 7.000 millones de litros de leche, los paperos 2,8 millones de toneladas y los arroceros 1,7 millones, hablando solo del PAC (papas, arroz y carne) de nuestro “corrientazo”; sin contar la diversidad de productos del campo que no apreciamos.

Vuelvo a la palabra “ciudadano”,  que se refiere, como sustantivo, a quien pertenece a un país, pero como adjetivo al sentido de lo “citadino”, marcando la dicotomía urbano – rural, que es sinónimo de inequidad y aislamiento rural.

Por ello, aunque el aislamiento forzoso para combatir la pandemia es para todos “los ciudadanos”, es más citadino que rural, porque el campo ha estado en aislamiento forzoso desde siempre. Para su fortuna, en este caso, el campesino abre la puerta de su casa y está aislado; su vecino, el puesto de salud y la escuela están lejos; ir al pueblo es paseo dominguero por malas vías  y la señal de celular es deficiente o inexistente.

Y además, la paz no llega a regiones azotadas por el narcotráfico que alimenta ese “aislamiento forzoso” y que, además, no es solo territorial, institucional y económico, sino social y estigmatizador. El campo, cuando no es asociado a “veraneadero” citadino, lo es a la Colombia lejana y peligrosa, con guerrilleros, narcotraficantes y mafiosos; como la oveja negra de y el campesino como el hermano pobre, que se mira con conmiseración y distancia “social”.

Ser “gran empresario” urbano amerita medallas; serlo en el campo, gracias a las narrativas de la izquierda, es sinónimo de terrateniente, paramilitar, despojador y un largo etcétera de ignominias.

La denuncia de este aislamiento rural forzoso, estructural y discriminatorio, hace parte del discurso gremial ganadero. Por eso reclamamos que el reconocimiento del campesino y del sector rural por su aporte a la seguridad alimentaria, no sea flor de un día ni se limite a la gratitud por su heroísmo anónimo.

El campesino que sigue madrugando al ordeño es un microempresario que necesita crédito, porque los insumos se encarecen y su esfuerzo se queda en los intermediarios; y el mediano y gran empresario rural también necesita preservar el empleo. Las ayudas deben cobijar al sector agropecuario, a través del ministro Zea, de Finagro y Banagrario, irrigando liquidez y esperanza a esa Colombia aislada, con el apoyo de los alcaldes para facilitar el trabajo campesino.

Como la salud y la seguridad, el esfuerzo rural es asunto de subsistencia “ciudadana”.

*Presidente de Fedegán

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