Hospitales de campaña

Hoy se levantan apresuradamente, en el mundo entero, improvisadas tiendas de campaña para atender enfermos en los “Hospitales de Guerra”.  Barcos, hoteles, centros de convenciones, estadios, se acondicionan para ofrecer primeros auxilios a los heridos en el combate que libra la humanidad contra el coronavirus.

¿Qué sucede, entretanto, con los enfermos de pánico a morir o de miedo a vivir? Esta pandemia sico-espiritual de orfandad se propaga también a pasos agigantados, a la misma velocidad que la del hambre en la población más vulnerable.

¿Quién ofrece primeros auxilios para las enfermedades sico- espirituales y de hambre? Muchos, empezando por la Iglesia Católica, encabezada por el Papa Francisco. El signo más visible de su magisterio ha sido la medicina de la Misericordia. Estamos asistiendo al contagio de la compasión, entre creyentes y no creyentes.

Ya lo había dicho el mismo Papa, de manera premonitoria desde el inicio de su pontificado: “Esta es la misión de la Iglesia: curar y cuidar. Algunas veces he hablado de la Iglesia como de un hospital de campaña. Es verdad: ¡Cuántos heridos hay, cuantos heridos! ¡Cuánta gente que necesita que sus heridas sean curadas! Esta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre…”.

En el gran Hospital que es hoy la humanidad, todos somos susceptibles de convertirnos en pacientes. ¿O puede haber imagen más simbólica del desamparo e impotencia del ser humano que la del Papa Francisco anciano, solo y visiblemente triste, con la mirada suplicante dirigida al Cristo en una Plaza de San Pedro vacía?

Y al mismo tiempo, esta imagen fue el más poderoso y conmovedor encuentro de comunión espiritual entre almas desamparadas, que se niegan a renunciar a la Esperanza y encuentran en la Fe, el arma más poderosa para el combate.

¿Cómo podemos prestar “primeros auxilios” en este “Hospital de Campaña espiritual? Con el “apostolado de la oreja”. Todas las redes virtuales están al servicio de la escucha. Y ¿si dejamos de ser emisores compulsivos? Si sólo levantamos el teléfono y acompañamos al hermano, al amigo, al desconocido a hacer su catarsis, a desahogar su angustia.

¡Si tan sólo fuéramos pequeñas tiendas de “primeros auxilios” para nuestros vecinos!

Podemos ser “enfermeros de la misericordia” dando amor. Cobijando al otro. También podemos elegir ser “camilleros”, llevando en camillas de oración a los que más sufren. La oración de intercesión es poderosa, alivia por dentro.

En este tiempo de pasión, previo a la Semana Santa, los católicos podemos orar con Edith Stein, la filósofa y mística carmelita, mártir y santa alemana de origen judío, que murió en los campos de concentración de Auschwitz: “…¿Oyes el gemir de los heridos en los campos de batalla del este y del oeste? Tú no eres médico, ni enfermera, y no puedes vendar sus heridas. Tú estás encerrada en tu celda y no puedes alcanzarlos. ¿Oyes la llamada agónica de los moribundos? Tú quisieras ser sacerdote y estar a su lado. ¿Te conmueve el llanto de las viudas y de los huérfanos? Tú quisieras ser un ángel consolador y ayudarles. Mira al Crucificado…”.

*Periodista* Defensora de DD.HH.

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