Lunes, martes y miércoles santo

Sacerdote Harold Tejada Córdoba, miembro de la Diócesis samaria.

Por:
HAROLD 
TEJADA  CÓRDOBA

La Semana Santa, conocida también como “Semana Mayor”, representa para nosotros los cristianos el período más intenso de nuestro calendario litúrgico. Y no es para menos, porque conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, núcleo de nuestra fe cristiana.

Decimos que se extiende por una semana, pero se tiende a pensar que la Semana Santa inicia el Domingo de Ramos  y  luego  se da  un  salto  al  Jueves  Santo,  día  de  la  institución  de la Eucaristía, culminando en el Domingo de Resurrección, pero excluyendo, sin embargo,   los   días  lunes,   martes   y   miércoles   de  esta   Semana,   como   si   no tuvieran importancia o no se considerara nada en especial.

Cada día de la Semana Santa está vinculada a los últimos días de Jesucristo, por lo tanto el lunes, martes y miércoles santo también tienen su relevancia y particularidad dentro del Misterio Pascual de Jesús.

En efecto, en estos días somos invitados a seguir paso a paso a Jesús en los momentos previos a lo que llamamos   la   “hora   decisiva”   cuando   el   Señor   entrega   su   vida   por   nuestra salvación. Son días de preparación espiritual para afrontar la cruz del Señor, asumiendo   actitudes   de   intensa   devoción   al   Vía   Crucis,   al   ayuno,   a   la abstinencia, al recogimiento interior para propiciar el ambiente de oración.

En el panorama litúrgico, estos tres días son considerados “feriales”, porque la Iglesia no hace memoria de ningún misterio central de nuestra fe o de la vida del Señor   que   revistan   carácter   de   solemnidad   o   festividad.

Sin   embargo,   las lecturas   de   la   Palabra   de   Dios   en   esos   días   nos   introduce   en   momentos cruciales que dan inicio a la semana de la Pasión, como lo es la Unción de Jesús   en   Betania,   en   casa   de   Lázaro   (Jn   12,   1-11),   la   contemplación   en particular de la traición de Judas y el anuncio de las negaciones de Pedro (Jn13,   21-33.  36-38).   Todos   estos  eventos   tienen   al  final   una   profunda   fuerza espiritual que debe movernos a confrontar nuestra propia realidad cristiana con estos momentos lamentables en la vida del Señor.

LUNES SANTO

El Lunes  Santo, en  particular, nos  invita a contemplar  en la  primera lectura tomada de Isaías 42, 1-7, lo que se conoce como el primer canto del Siervo de Yahvé. En este primer canto se presenta al Siervo como el elegido de Dios, en quien Él se complace, lleno de su Espíritu, enviado a llevar el derecho a las naciones y abrir los ojos de los ciegos y liberar a los cautivos.

Explica, además, la manera cómo actuará: “la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. Por su parte, el Evangelio propone a Juan 12, 1-11. Se trata de la íntima y afectuosa  escena de Betania que   tuvo   lugar  seis  días  antes   de la Pascua.

En Betania, apreciamos a Jesús que, abandonado por todos, se refugia en casa de sus amigos Lázaro, Marta y María. Ellos conocen bien el corazón de Jesús, mejor que muchos otros, y por eso están cercanos a Él. Jesús es consciente de que su fin se avecina e interpreta la unción con perfume que hace María como  un signo que presagia su muerte y sepultura. Hoy comprendemos, entonces, que Jesús es el Siervo verdadero, elegido y enviado por su Padre para anunciar la salvación de todos los pueblos, y lo demuestra entregando su propia vida por los demás.

EL MARTES Y EL  MIÉRCOLES SANTO

Son los días de la traición. Son días cruciales porque se termina de concretar las conspiraciones que se tejen alrededor del Maestro y que lo llevarán a la Pasión y Muerte.

El Martes, en efecto, Jesús anuncia que uno de los suyos lo va  a traicionar y le confirma a Pedro que cuando llegue el momento lo negará. En la primera lectura de la liturgia de ese día, leemos a Isaías 49, 1-6 que corresponde al segundo canto del Siervo de Yahvé.

En esta ocasión el Siervo, elegido por Dios, es llamado desde el seno de su madre para cumplir su propósito de salvar a su pueblo. Él será como una espada,   porque   tendrá   una   palabra   eficaz,   y  será   como  una   flecha   que   el arquero guarda en su aljaba para lanzarla en el momento oportuno.

De otra parte   el   Evangelio   que   se   lee   es   el   de   Juan   13,   21-33.   36-38,   en   donde apreciamos el momento del anuncio de la traición de Judas. Pasaje conocido que nos ayuda a reflexionar cómo la traición es el ejemplo más excelente de la maldad del hombre. Una realidad que seguramente hemos vivido todos alguna vez  en   la   vida y  nos   ha   dejado   momentos amargos en  nuestras   relaciones interpersonales.

A pesar de la realidad de la traición y del dolor de ver a los amigos huir unos a otros, el Señor conoce bien el objetivo de su misión: dar la vida a todo él que cree en Él. Esto nos ayuda a pensar en la necesidad que tenemos que seguir avanzando en nuestra lucha, perseverando en medio de la tristeza del abandono y la incomprensión de los que dicen que nos aman; porque lo primero aquí es nuestra realización, nuestra felicidad, meta que se logra a través del esfuerzo y del sufrimiento.

El Miércoles Santo, por su parte, marca el final de la Cuaresma y el comienzo de la Pascua. Es el día en que se reúne el Sanedrín, tribunal religioso judío, con Judas Iscariote para condenar a Jesús, como lo apreciamos en el Evangelio de Mateo  26,   14-25.

En este   pasaje del  Evangelio   Jesús manda   a  preparar   la Pascua a sus discípulos y en ese contexto acentúa la traición de uno de los suyos, Judas. No podemos dejar de contemplar en este ambiente lo que puede suceder a un discípulo,  como  Judas,  que por  tanto  tiempo ha   estado   en la escuela del Maestro, que ha escuchado muchas veces su Palabra y gozado de su amistad, y sin embargo no le ha sido difícil traicionar a Jesús.

¿Qué le ha  sucedido?   Al   parecer   no   ha   creído   en   su   Amor,   no   ha   sido  sincero   en   su discipulado, no se ha entregado plenamente a Jesús, tiene sus propios intereses y no los de su Maestro. Ciertamente, la Pasión del Señor y esta historia de traición y abandono de los suyos deja una lección: aunque nosotros podemos cortar nuestros lazos con Jesús,  dejarlo   fuera  de   nuestros   planes traicionándolo,  Él  nunca   rompe   con nosotros. Su misericordia y amor por nosotros   supera nuestra infidelidad. Es interesante la primera lectura de este día tomada de Isaías 50, 4-9a, en donde leemos el tercer Canto del Siervo de Yahve.

Aquí se describe la misión del Siervo, que será un mensaje de esperanza para nosotros discípulos del Jesús que   estamos   expuestos   a   traicionarle   en   cualquier   momento   dejando   atrás nuestro compromiso con Él.

En efecto, la misión de este Siervo es la de “saber decir una palabra de aliento y consuelo al que está abatido”, y al final siempre triunfa la confianza en la ayuda de Dios como dice este canto:

“Mi Señor me ayudaba y sé que no quedaré avergonzado”. Siempre tenemos la posibilidad de reparar nuestras infidelidades al Señor, porque Él está con nosotros. Su Pasión tiene como objeto restaurar nuestros lazos con Jesús.

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