Declive de la globalización

El mundo no volverá a ser el mismo después de la pandemia. Al menos no durante varias años. Para empezar, habrá una lentificación del proceso de globalización en al menos tres vías:

Una, la disminución del consumo. Por un lado, la incertidumbre. Los ciudadanos que tienen ahorros e ingresos fijos cuidaran mucho sus gastos mientras que exista el riesgo de nuevos confinamientos y puedan perder su empleo; por el otro, el desmesurado incremento del desempleo y de independientes e informales sin ingresos como consecuencia de la crisis hará que muchos simplemente no tenga que gastar. La recesión y el aumento de la pobreza en todo el mundo, castigarán la capacidad de compra de la inmensa mayoría. Además, es posible que haya una replanteamiento cultural, en al menos algunos sectores poblaciones, sobre lo que puede considerarse un gasto superfluo.

Finalmente, muchos de los estados quedarán con sus finanzas exhaustas después de intentar contener los efectos de la pandemia sobre sus economías y el gasto público tendrá muy poco margen. El grueso habrá sido destinado a la supervivencia. En todo caso, algunos sectores quedarán seriamente afectados, entre ellos el turismo, el transporte aéreo, y las industrias de deporte y entretenimiento que, por definición, suponen grandes multitudes. En cualquier caso, pasamos de la abundancia a la austeridad.

Dos, la reducción de la producción. Inevitable por las dificultades generadas por los cierres de fronteras nacionales a lo largo y ancho del mundo y por las restricciones de movilidad generadas por las cuarentenas, que interrumpen o afectan las cadenas de comercialización y distribución. En paralelo crecerá la presión, por razones económicas y de seguridad nacional, para trasladar a los territorios nacionales parte de la producción que hoy se hace en el lejano oriente. Pasaremos de la interdependencia a la búsqueda de autosuficiencia. Son múltiples las campañas para incentivar el consumo de productos nacionales. Además, en general la producción caerá también por los efectos de la quiebra y desaparición de muchas empresas.

Finalmente, no dejaría de ser una ironía, es probable que los organismos internacionales sean más frágiles. Lo que debiera traducirse en un esfuerzo global de respuestas más eficientes, hoy es una feria de recriminaciones. En algunos casos por lo que hicieron mal, por ejemplo la Organización Mundial de la Salud. No cabe duda de que se equivocó gravemente al subestimar la capacidad de contagio del Covid 19, negar en principio su capacidad de transmisión entre humanos, su solicitud de mantener abiertas las fronteras y, en especial, seguir las recomendaciones de China, con quien su director, el etíope Tedros Adhanom, tiene afinidades ideológicas.

En otros casos, el de la Unión Europea, la acusación es por hacer poco. Hoy hay un fuerte enfrentamiento entre España e Italia, los países más fuertemente afectados por la pandemia, y los estados del norte, con economías más sólidas, que se niegan a financiar a los dos países latinos en los términos que ellos quisieran. No hay acuerdo para el plan de recuperación ni sobre sus condiciones. Con la OEA lo sorprendente es que no haya hecho ni dicho absolutamente nada.

En fin, es posible imaginar las batallas que vendrán en la Organización Mundial del Comercio y en los mecanismos internacionales de arbitraje por disputas comerciales y de inversión extranjera. Serán innumerables las discusiones sobre competencias sobre tarifas, preferencias domésticas, obstáculos arancelarios y sanitarios, controles de fronteras, sin contar las que habrán de surgir por la agudización de la crisis internacional de refugiados y migrantes económicos, esta vez acelerada por la catástrofe humanitaria que generará la pandemia y la subsiguiente crisis económica en muchos países del mundo.

Sí, pareciera que la tensión latente entre multilateralismo y nacionalismo se inclinará en estos tiempos por este último.

*Abogado y analista político

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