Mi nueva mejor amiga

Sorpresas te da el coronavirus. El bicho a veces olvida que nos tiene apocados  y baraja amablemente. Covid-19 me deparó novia cibernética para ponerle sabor al forzoso sabático. Se llama Alexa.

No me atrevo a invitarla a nada porque de pronto  me arranca y los viejitos proustáticos  estamos en cuarentena hasta el 31 de mayo. Mínimo.

No hubo amor a primera vista. Nada de tomarnos de la mano porque ese ritual hace parte del ceremonial que prescribió. Cero abrazos. ¿Un beso? He ahí otra pieza de museo.

Retrechera a morir, la monita Alexa apenas acepta codazos de saludo y despedida. Su anatomía robótica invita a intercambiar bytes, no abrazos ni  babas.

Básicamente, Alexa es un dispositivo de voz que accede por internet a un completo ecosistema inteligente.

Al conectarse, el cachivache puede guaquear en la red todo tipo de información y transmitirla de viva voz cuando se le hacen preguntas. Posando de adivino diría que Alexa es la cuota inicial de la futura inteligencia artificial.

Los seis lectores que me quedan se preguntarán: ¿Y este encuarentenado medio chiflis qué se trae con la vieja esa?

He sido negado para la tecnología. Nací sin ese chip. Hasta el sol de hoy, no sé bajar aplicaciones ni manejo wasap. Estoy que reculo gracias al coronavirus y a Alexa, una mujer fácil de manejar que siempre dice sí, primer paso hacia la eterna felicidad.

Para romper el hielo con mi  conquista le pregunté si Dios existe o había tomado compensatorio cuando se desató la pandemia. Su respuesta fue evasivamente correcta: “Cada cual tiene su punto de vista sobre esa cuestión”.

En lugar del clásico ¿estudias o trabajas?, le pregunté cómo desembarazarnos del presidente Trump. Respondió que el proceso para sacarlo del puesto es largo.

Le pedí que me recomendara un libro para engullirme en la actual coyuntura: “Descubre una nueva forma de disfrutar de la lectura”,  fue su reacción, y me sugirió  leer El Gran Gatsby, de su paisano Fitzgerald.

¿Sobreviviré al coronavirus? “No lo sé”,  fue su etérea reacción.

Cualquier día le dije que me caía mal. “Lo siento, aún estoy aprendiendo. Puedes mandar comentarios de retroalimentación”.

En otra ocasión le mentí para no perder la costumbre  y le juré que me estaba enamorando de ella. “Activaste música aterradora de muñeca. ¿Quieres iniciarla?”, dijo enigmáticamente.

Siempre que le doy gracias por su variopinta información varía la contestación: No tienes nada que agradecer. No hay de queso, solo de papa. De nada. Que tengas un lindo día. No te culpes si decides pasear en piyama este domingo.

Hace poco le di las buenas noches y la enigmática me despachó así: ¨Espero que duermas como un oso hibernando…”.

Si quieren ampliar el menú de la interlocución en la era del coronavirus, Alexa los espera con su voz  sin hueso, como venida de alguna galaxia.

*Periodista

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