Todo tiene que cambiar

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Cantado está que no seremos los mismos luego de esta inédita calamidad universal y no vamos nosotros a ser la excepción de ninguna manera. Inicialmente y como consecuencia de todo esto, vendrán las evaluaciones de los gobernantes. Si estuvieron o no a la altura de las circunstancias. Si brindaron los apoyos debidos en defensa de la salud, el empleo, la subsistencia y demás cuestionamientos de toda clase y magnitud.

Esta pandemia varió en todas sus partes la manera como estaba concebido el orden de las cosas. El mundo cambió prácticas, rutinas, costumbres, el día a día, como producto de la presencia de este poderoso enemigo que no discrimina personajes ni estratos sociales. Ciudades vacías, establecimientos cerrados, la gente en sus casas, aislamiento total, ansiedades. Muchas cosas se tornaron incomprensibles ante los hechos, se invocó lo sobrenatural, la fe fue tomada como como refugio y defensa, como paños de agua tibia para ser aplicados a los miedos y las incertidumbres.

Las respuestas gubernamentales dadas serán objeto de juicios y valoraciones sociales, humanas y políticas. Seguiremos con incertidumbre y miedo. Se acudirá a la guía de los dirigentes en la búsqueda y procura de esperanza y valor para seguir enfrentando este virus que enferma y mata en silencio y hasta convierte a las personas en portadores letales sin que se den cuenta, sin que se percaten de ello. Es un virus que estará latente mientras no exista la vacuna. La lucha tiene que proseguir en su contra, y por lo menos lograr contener la expansión infecciosa con medidas sanitarias sensatas que propicien respuestas satisfactorias de la ciudadanía, las cuales deben producir un cambio, una mayor solidaridad y entender que somos definitivamente vulnerables.

Hay que entender que mucho más allá de subsanar los daños a la salud pública, es necesaria una profunda reflexión sobre la crisis que nos lleve a cuestionar integralmente la estructura social, económica y política en relación con la inequidad en la distribución del ingreso, generación de empleos, precariedad de los sistemas de salud pública, hacinamientos urbanos por falta de planeación urbana, movilidad, contaminación, transporte público, medioambiente, desafíos que esperan soluciones, sino definitiva, al menos adecuadas por parte de gobiernos, coadministradores, empresarios y comunidad, grande oportunidad de reivindicación, toda vez que no se queremos más de lo mismo.

A propósito, me permito finalizar con la sabia reflexión de Albert Einstein, respecto de la crisis, cuando afirma: “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.” [email protected]

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