In Memoriam

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Los temores que albergamos por estos días de que la muerte se ensañe con alguno de nuestros seres queridos se han hecho realidad: se nos ha ido para siempre Carlos Escobar De Andreis, noble y leal amigo, a quien tantos queríamos tanto.

Calli, como lo conocíamos todos, fue un ser humano con unas cualidades y calidades excepcionales. Así como era de grande físicamente, así mismo era de grande su nobleza, su generosidad, su calidez, su bonhomía. Era ciertamente un hombre bueno en todo el sentido de la palabra, bondadoso, daba todo lo que se le pedía sin esperar nada a cambio y siempre estaba dispuesto a ello cuando se le necesitaba.

Carlos me acompañó desde los primeros días de la campaña a la gobernación del Atlántico, a mediados de 1991, hasta el último día del cargo en diciembre de 1994. Entre el selecto grupo de funcionarios que trabajaron conmigo en la formidable tarea de transformar las estructuras del Departamento, y sentar las bases para su posterior desarrollo, Carlos estuvo siempre en la primera línea de fuego. Como Secretario de Gobierno, y luego como Secretario General, participó activamente en las largas discusiones que tuvimos en torno al diseño de lo que habría de ser una nueva administración departamental. Implementar las medidas para poner en ejecución ese nuevo diseño no fue una labor fácil, pero Carlos lo supo hacer sin mayores traumatismos por su don de gente, su decencia, su paciencia infinita y sus buenas maneras.

Carlos fue un hombre probo, aquellos que son indispensables en la administración pública para preservar y enaltecer su legitimidad y majestad. Correcto en sus decisiones, recto en su proceder, honesto en el manejo del erario. Fui ciertamente un afortunado al contar a mi lado con una persona como él cuando se me confiaron los destinos del Atlántico.

Cuando lo conocí ya venía de regreso de una militancia de izquierda, pero sin perder su sensibilidad hacia los problemas sociales de nuestro entorno, su pensamiento político se había decantado, nada tenía de dogmático; a veces, incluso, eran un tanto ingenuo, como es quizás mejor serlo en política. Trabajó en Foro por Colombia y gestó la Asociación para la Vivienda Popular, uno de los primeros proyectos de autoconstrucción social en Barranquilla. Poseía una visión amplia de las cosas, se podía discutir sobre los más diversos tópicos políticos e ideológicos a sabiendas de que algo aprendíamos. Tenía amigos en todo el espectro político de la región y ningún enemigo conocido, todos lo apreciaban y respetaban.

Carlos tenía magia en las manos. El dibujo en miniatura es una de las técnicas más exigentes de la plástica, se requiere de una destreza especial para pintar en pequeño formato un rostro, un cuerpo, un gesto, una hoja, un árbol… Carlos lo hacía en cualquier servilleta, en un memorando, en una factura, y lo hacía mientras participaba en cualquier reunión o discusión, sin perder nunca el hilo de la conversación. Los rostros que esbozaba denotaban, sin duda, un profundo conocimiento del alma humana.

El eterno retorno de los espíritus llevó a Carlos de regreso a su Santa Marta natal. Allí siguió concibiendo toda clase de proyectos, parecía un Quijote con su figura desgarbada y mirada serena. Allí lo fui a buscar para que me acompañara en mi último encargo público, allí estaba dispuesto a hacerlo, infortunadamente y por razones ajenas a ambos no se pudo concretar.

Al recordar hoy a Carlos evocamos la “Elegía” de Miguel Hernández a su compañero del alma, y no podemos sino parafrasear, a nuestra propia manera, su primer párrafo: En Santa Marta, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Calli, a quien tanto quería…

*ExVicepresidente de la República

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