Lo que nos deja el coronavirus

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Monseñor Luis Adriano Piedrahíta Sandoval, obispo de la Diócesis de Santa Marta, invita a reflexionar sobre la importancia de tener a Dios en nuestra vida, durante estos tiempos de crisis.

POR:
M. LUIS ADRIANO
PIEDRAHITA
SANDOVAL*

La experiencia que hemos vivido con la epidemia del Coronavirus ha sido de una condición impensable, inesperada, inimaginable, además de universal y dolorosa, que ha afectado casi todos los aspectos de nuestra realidad personal y social.

Sobre las causas que dieron origen se dan varias hipótesis: La primera versión afirma que surgió en un mercado en Wuhan, China, donde comercian animales salvajes; otra, que se originó en un laboratorio donde se llevan experimentos científicos, sin las debidas precauciones. Una más, dice que se originó intencionalmente con fines desconocidos.

De todas maneras, se trata de una situación que en diferentes proporciones han aparecido en la historia de la humanidad: desde las famosas plagas bíblicas en Egipto, siguiendo con las pestes que se han dado durante las grandes épocas de la humanidad, Antigua, Edad Media, Moderna y terminando en tiempos más cercanos, con la gripe española, el Ébola, etc.

Aquí podemos encontrar una primera lección que nos deja la contrariedad de hoy: La conciencia que hemos de tener de nuestras limitaciones humanas, pues somos seres frágiles, débiles, indefensos, sometidos a cualquier clase de adversidad que supera nuestras previsiones y capacidades, lo que nos debe llamar a la humildad, a ser menos propensos a creernos prepotentes, inmortales, a creernos dioses, dueños y soberanos del mundo; que podemos disponer a nuestro antojo de las cosas creadas, sin respetar el orden establecido por Dios.

Podemos hacernos la pregunta que tal vez algunos se han podido plantear y de pronto, respondido afirmativamente: ¿Es esta epidemia, como las otras, un castigo divino?

Definitivamente, Dios no quiere el mal para los hombres y, por tanto, no está en su mente infligirlo. No es correcto atribuir a Dios la inédita y difícil situación que ahora padecemos con el Covid-19. Sin embargo, toda situación humana de esta naturaleza como la epidemia del Coronavirus que ha producido tantas muertes y sufrimientos, pérdidas económicas y seguramente, más pobreza en muchos, es consecuencia en último término del pecado original, es decir, de la rebeldía del hombre contra Dios y contra su soberanía, apartándose del proyecto que en su sabiduría ha diseñado para este mundo en el que vivimos.

Sea que la epidemia haya sido por causas naturales, creada por el hombre intencionalmente o no, podemos decir, que Dios no la causa pero sí la permite porque está en Él respetar la libertad humana y los procesos naturales que se rigen por las propias leyes que Él ha dispuesto desde la eternidad.

Dentro de esta perspectiva podemos mirar la situación que ahora nos aflige como una señal, un signo, una alerta, un llamado de Dios, que nos está invitando a reconsiderar y rectificar nuestro camino como familia humana y ajustarnos a sus designios y mandamientos.

Volver a Dios, reconocer su soberanía sobre el mundo y la historia humana, respetar sus normas, leyes y preceptos, acondicionarnos nuevamente al proyecto que Dios ha tenido al crearnos a imagen y semejanza suya, administradores de la creación, no sus dueños, para que vivamos en comunión, como una familia, la estirpe del género humano, con Él, con los demás y con la naturaleza.

En este sentido, hemos de sacar nuestras conclusiones, las enseñanzas y llamados que nos ha ofrecido el estado de pandemia actual. Entonces, cuando todo vaya pasando hemos de ir retornando lo que se ha llamado “la Nueva Normalidad”, no solamente con normas de higiene y sanidad con las que hemos de aprender a convivir con ellas de ahora en adelante, sino con otra clase de normas de carácter superior pues toca nuestros comportamientos éticos y evangélicos.

Hemos de aprovechar la lección para comprender que nuestra vida social, como pertenecientes que somos a la familia humana, requiere una gran dosis de responsabilidad social y solidaridad de parte de todos con el fin de buscar superar nuestras carencias y alcanzar un mundo mejor.

“Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, nos decía el Papa Francisco en estos días, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos”. * Obispo de la Diócesis de Santa Marta. (Parte I)

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