Librero en cuarentena

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A lo Bernard Shaw, Felipe Ossa, decano de los libreros, abandonó sus estudios de bachillerato a los trece años porque interferían con su educación. Se jugó el pellejo como autodidacta.

Ha vivido en “compañía de pocos pero doctos libros juntos”, siguiendo el soneto de  Quevedo. Tiene unos ocho mil libros, dos mil menos de los que tenía  su taita.

La suya es una biblioteca con casa, no una casa con biblioteca, dice su hijo Andrés. Cortázar hablaría de una vida tomada por las ficciones.

“Un libro en cualquier época o circunstancia es una fuente de placer, un goce para el espíritu que nos permite alejarnos de cualquier molesta realidad. Los libros son el rumor de mil voces que te buscan para encantarte”, comentó desde las cuatro  prosaicas paredes que lo miran con una mezcla de asombro y sarcasmo. Como a todos los “abuelitos”.

A los cinco años, Ossa, quien se declara “recluso, no monje cartujo” en la actual coyuntura, se inició en la aventura de leer con las tiras cómicas.

A los nueve años, una enfermedad le decretó temprana cuarentena. El niño Felipe, bogotano, aprovechó para despachar todos los clásicos infantiles. Su padre le regaló La Isla del tesoro, de Stevenson. Ahí le inoculó el “coronalibrus” de la lectura.

Hace 20 años comenta sobre libros en la bogotana Emisora de la Universidad Tadeo Lozano. “Los libreros son el vínculo que une al autor con el lector que es el fin de todo libro”, explica quien vivió en Cali y Buga su niñez, adolescencia y edad madura. En esas ciudades hizo una maestría en salsa dura. El librero tiene su “tumbao” fruto de sus vivencias en los barrios Obrero y san Nicolás.

Desde a.c.,  antes del coronavirus, se acostumbró a leer unos 200 libros al año.  En estos días  lee “Gente de la edad media”, de Roberto Fossier, “Panorama de la cultura occidental” de Van der Meer y “Crisis”, del historiador Jared Diamon. Relee a Capote y los Ensayos de Montaigne. Borges al comer y al dormir.

 “Los libros seguirán siendo los mismos después de esta pandemia. Ellos han resistido por más de 500 años pestes, persecuciones, quemas, censuras y el odio y el temor de los tiranos”, me dijo este jubilado de la Librería Nacional donde cargó ladrillo 60 de los 76 años  que tiene.

Empezó como bodeguero en la sucursal de la Nacional, de Cali, a los 18 años, cuando se casó.  A los 36 era abuelo. Le gustó tanto el matrimonio que se casó tres veces. Plantó con su colega Claudia Alemán “la mano de Dios sobre mi hombro”.

Le pregunto a qué novelas lo remiten estos tiempos. “A las novelas de ciencia ficción, a los relatos de terror, literatura que consumí en cantidades en mi adolescencia”.

Confiesa que le gustaría lucir este epitafio  en la solapa de su sepultura: “Edición cumplida”.

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