Mis vivencias en Virginia Beach

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Por SALUA KAMEROW

Después de una semana agotadora y 7 horas manejando por fin llegué a Virginia Beach; era de noche, no había luna, y para rematar, el parqueadero estaba lleno.

Luego de registrarme en el hotel, me informaron con vehemencia que no había servicio de camarero para los huéspedes dada la situación del Covid-19. Eso sí, la tarifa permanecía intacta a 300 dólares la noche en un hotel de mala muerte y sin desayuno. Me acosté a dormir amargada después de un trago de vodka en seco, el cual me entró en reversa y me llevó a una cita por muchas horas con Morfeo. No recuerdo más.

A las 7:00 de la mañana me levantó el olor a marihuana que venía de algún balcón (aunque hubiera preferido ser levantada con el olor de huevos fritos sobre el cayeye). El día anterior había renegado tanto que me acosté sin abrir cortinas y sin observar qué había después de la cama.

Pero era un nuevo día y un rayito de sol apenas se asomaba en la esquinita de la ventana. Además, mi energía estaba al cien, y con ella, mi humor—aun sin el cayeye. Abrí la ventana y me encontré con el panorama más inusual y simpático de todos, no como el de Santa Marta (evidentemente), pero rimbombante, tanto, que me dejó sin palabras. Busqué la cámara y lo filmé.

Luego me senté en el balcón a identificar de dónde venía la marihuana y a observar el firmamento, compartiendo cada momento con mi ‘fanaticada’ de Instagram.

Harry, mi esposo, volvió al cuarto luego de caminar por un rato para traerme café; bendito el café y bendito el marido que le trae café a su mujer a la cama; para mí, esa es la verdadera liberación femenina, pero de eso hablaremos después. Al rato, nos fuimos a caminar y a buscar un lugar para desayunar porque yo, para ese momento, ya ladraba del hambre. La playa, entre otras cosas, me atrapó por estar súper limpia, con policías en cada dos esquinas y muy pocos turistas. Frente al hotel, estaba el mar, y detrás de él, la zona rosa y comercial de Virginia Beach.

Al caminar a duras penas se veían las caras de la gente porque la mayoría utilizaban muy concienzudamente el tapabocas, pero estaba en el “sur” de USA y en esos estados los ciudadanos además de apoyar a Trump repiten sus idioteces sin analizar.

 En ese orden de ideas el uso del tapabocas para ellos era tan necesario como las pastillas anticonceptivas después del matrimonio (cero, si no ha entendido la burla).

Luego de comerme el desayuno al estilo sureño con panecitos de mantequilla, bañados en una crema de carne y pimienta me fui para la playa sola mientras mi familia se organizaba en el hotel. Yo, hija de mi papá, estaba lista desde el momento que salí del hotel con todo empacado y el vestido de baño debajo de la ropa, y hasta tuve la oportunidad de alquilar una carpa con cama doble de madera, colchón de agua y dos sillas, donde los esperé aguzando mis sentidos al vaivén de la marea.  Sobra decir que ahí me achanté hasta el anochecer.

Al día siguiente me esperaba una reservación para usar las bicicletas de estilo retro a lo largo del camellón de 2 kilómetros por dos horas consecutivas que culminaron como la actividad más festiva del paseo.

Por otro lado, en cada comida saboreé al menos un par de ojos de pescao, los cuales espero como buena culozunga, en un pescao frito.  Ya sé que si me hacen cara de asco mientras me leen es porque se comen los ojos de pescao escondidos en el closet.

El clima estuvo cálido constantemente, aunque los días no estuvieron precisamente soleados, pero el último día del paseo amanecimos acalorados porque dormimos sin aire (por puro gusto) y la nostalgia de dejar la playa — que me representa el lugar de donde vengo —, me llevaron a darme un chapuzón en el mar a las 9:00 am. Me sacudí rápidamente pensando que me esperaban 7 horas manejando y el ropero para lavar al llegar a la casa.

Qué delicia fue sentirme libre sin toque de queda y volver a los espacios que me hacen feliz: el mar con su brisa inseparable, la arena caliente, y un buen libro, en esta ocasión la historia de Trevor Noah, el escritor surafricano que nació hijo del crimen.

Espero que hayan disfrutado el viaje a Virginia Beach a través de mis historias. La próxima semana viajamos a Richmond, donde viviré los próximos dos años. @culozunga / www.culozunga.com

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