Mis vivencias en Virginia Beach

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Por SALUA KAMEROW

 En Virginia Beach. Yo, hija de mi papá, estaba lista desde el momento que salí del hotel con todo empacado y el vestido de baño debajo de la ropa, y hasta tuve la oportunidad de alquilar una carpa con cama doble de madera, colchón de agua y dos sillas, donde los esperé aguzando mis sentidos al vaivén de la marea.  Sobra decir que ahí me achanté hasta el anochecer.

Al día siguiente me esperaba una reservación para usar las bicicletas de estilo retro a lo largo del camellón de 2 kilómetros por dos horas consecutivas que culminaron como la actividad más festiva del paseo.

Por otro lado, en cada comida saboreé al menos un par de ojos de pescao, los cuales espero como buena culozunga, en un pescao frito.  Ya sé que si me hacen cara de asco mientras me leen es porque se comen los ojos de pescao escondidos en el closet.

El clima estuvo cálido constantemente, aunque los días no estuvieron precisamente soleados, pero el último día del paseo amanecimos acalorados porque dormimos sin aire (por puro gusto) y la nostalgia de dejar la playa — que me representa el lugar de donde vengo —, me llevaron a darme un chapuzón en el mar a las 9:00 am. Me sacudí rápidamente pensando que me esperaban 7 horas manejando y el ropero para lavar al llegar a la casa.

Qué delicia fue sentirme libre sin toque de queda y volver a los espacios que me hacen feliz: el mar con su brisa inseparable, la arena caliente, y un buen libro, en esta ocasión la historia de Trevor Noah, el escritor surafricano que nació hijo del crimen.

Espero que hayan disfrutado el viaje a Virginia Beach a través de mis historias. La próxima semana viajamos a Richmond, donde viviré los próximos dos años. @culozunga / www.culozunga.com

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