Sueño con el Nobel

19

De repente, en el balcón aparece un señor de blanco, sonriente y con bigote a lo Bienvenido Granda. Luce liquiliqui. Mi “vecino”, Gabriel García Márquez, me ve en otro balcón y me pide que me acerque.

Como nobeles no se ven todos los días, en segundos estoy cerca del fabulista. Dentro del sueño, asumí que me invitaría a subir. Esperanza inútil, como en el bolero de Daniel Santos que solía cantar en sus tiempos de serenatero en Barranquilla..

En lugar de invitarme, García Márquez me pide desde su olimpo que anote la pregunta que debo hacerle a la gente:  Si a su hija  recién nacida le deben conseguir nodriza. La respuesta debe consignarse por escrito.

Me dio cosita preguntarle por qué hablaba de niña, si él y su dama, Mercedes, estudiante de La Presentación de Envigado, solo amasaron dos muchachos. Pero nadie manda en sus sueños sino cuando se acaban. Solo entonces podemos torcerles  el pescuezo que es lo que estoy haciendo con el mío. Y como dicen que hacía Freud.

No me cambiaba ni por Dios mano a mano de la felicidad que sentí al recibir el encargo. El mandado me aliviaba de la frustración que me acompaña por no haberlo entrevistado nunca.

Me aprovisioné de un buen fajo de hojas en blanco, tamaño oficio, y me fui a una tienda cercana a terminar la tarea. Mi primer oficio remunerado fue el de mensajero en tiendas de barrio, así que me sentí  en mi salsa.

Le expliqué al respetable público consumidor el alcance de la pregunta del maestro Gabo y la respuesta que esperaba (sí o no, como Cristo, en el que no creía,  nos enseñó).

Enseguida empecé a repartir las hojas con la felicidad que sentiremos cuando nos vuelvan  a dar la libertad y la calle por cárcel.

Pasé cerca del churro de la registradora pero no le entregué  su hoja  Me acobardan  las bellas y los grandes escritores.

Cuando terminé la repartición rectifiqué y le entregué su hoja a la chica de la registradora.  Me sonrió, le sonreí.

Cuando desperté, el Nobel ya no estaba allí (disculpe, señor Monterroso, por piratearle su cuento).

Para ahorrarme el vale del siquiatra de la prepagada, leí algo de Jung, el consentido del novelista y tallerista Luis Fernando Macías cuyos personajes sueñan, por ejemplo, en “Eugenia en la sombra”.

También leí a José, coach onírico del faraón (Gn. 40. 1-36), al que le interpretó sus sueños y l e sugirió cómo manejar los períodos de vacas gordas y  flacas que se avecinaban. En esas lecturas no encontré mayores luces.

Recurrí entonces a mi propia coach. Previa lectura de su encopetada enciclopedia, vio en mi sueño desconcierto total por no haber escrito ficción.

Acogí su interpretación porque coincide con  la dedicatoria que le inventé a García Márquez y que consigné en su libro “El amor en los tiempos de cólera”:  Para od, eterno novel en literatura…

*Periodista

 

También podría gustarte