“Furor maníaco”

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No hay nada más contagioso que las emociones desbordadas. En Colombia, algunos de nuestros dirigentes más visibles, a quiénes la gente imita, parecen haber botado el seguro que garantizaba la sensatez individual y colectiva. El tono subió, subió y subió hasta desbordar los decibeles tolerables y el nivel de los contenidos bajó, bajó y bajó hasta las más grotescas alusiones personales. Todo se vale, no hay límites, y desde luego no miden las consecuencias institucionales.  ¿A quién le importa el “tonito” degradado y excitado del debate “democrático”?

Escasean los estadistas, que privilegiaban la razón y el bien común sobre las emociones y los intereses individuales, diferenciaban la esfera privada de la pública, no tenían conexión directa entre las vísceras y la lengua. Eran conscientes de su responsabilidad como “jefes de la tribu”.  Hoy no se ven personalidades de la talla y sensatez  de quienes organizaron la República, la guiaron en momentos difíciles, la frenaron al borde del abismo, la sacaron de crisis profundas y le enseñaron a su pueblo a respetar su democracia y defender las instituciones, que cuesta tanto tiempo y esfuerzo consolidar, y que se derrumban tan fácil y rápidamente cuando las cargas de demolición explotan desde adentro.

El país se montó en la onda light y reemplazó la reciedumbre moral por la superficialidad alegrona. Los estadistas fueron opacados por los políticos de mucha habilidad, pocas convicciones y escasez de principios.

Un sector de los medios de comunicación favoreció con los reflectores mediáticos todo lo que significara desbordamiento, audacias de gusto dudoso, escándalo… A más “histrionismo elemental”, más cámaras. A más descalificación ofensiva del contrario, más visibilidad. A más polarización, más rating. Una verdadera pasarela de egos. Con modalidades tan recurrentes como el uso de los mismos medios y periodistas como “instrumentos de justicia”, para impartir condenas a priori, absoluciones exprés, descalificación de los jueces y generalización de las culpas de algunos para demeritarlos a todos, o buscar exculpar a unos pocos.

Y esto para no hablar de quienes, desde los micrófonos, rotativas y cámaras decidieron ser, también ellos, protagonistas de la historia, reemplazar a los “líderes” desde trincheras ideológicas e ideologizantes, y hoy se rasgan las vestiduras, “muy sorprendidos”, analizando los fenómenos de desinformación que ellos mismos provocaron.

Agresividad verbal, expresiones del rostro desbordadas, poca coherencia, acusaciones sin fin, grosería… Como para el diván. Así los diagnosticó un siquiatra: “nuestros dirigentes padecen “furor maníaco”. Excitados, con frenesí y desorden mental”… El tema siquiátrico hay que dejarlo en manos de los especialistas, pero el impacto sobre nuestra democracia, nos interpela a todos.

¿Cuáles son las consecuencias para los espectadores?

El primer riesgo es el “contagio colectivo”, pero, algunos ciudadanos empoderados podrían también subirse a la pasarela, evitar la vorágine de esta feria de vanidades y ponerle seriedad a los temas serios.

El actual “furor maníaco” tiene algunas ventajas: detrás de la movilización de emociones y pasiones están en juego las creencias más profundas de los colombianos y la desnudez emocional de nuestros dirigentes. Permite identificarlos y valorar, por contraste, la sensatez, la coherencia y la calma de quienes realmente están capacitados para gobernarnos.

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