La punta de la madeja

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Desde muy joven he asistido a la gala de entrega de los premios de periodismo Simón Bolívar.

Vi allí desfilar a los grandes. Y cuando digo los grandes, me refiero a los grandes de verdad; a los que hacían periodismo puro y duro.

La semana pasada asistí nuevamente y me sorprendió profundamente que se declararan desiertas tres categorías: La categoría de crítica en radio y televisión, la categoría entrevista en televisión y la categoría de opinión y análisis en radio.

 

¿No les parece muy grave? ¿Gravísimo?

A mí sí. Y me parece grave por el momento crucial y definitorio por el cual está atravesando nuestra Nación. Ante la decadencia y la falta de legitimidad de nuestras cortes la prensa se había levantado (gústenos o no) como ese faro que disipa la tiniebla.

Antes bastaba la sentencia de un juez para desenmarañar la madeja. Y ahora, con ese juez preso por haber recibido panecillos a cambios de fallos, ¿quién podrá encontrarle el límite a la madeja?

En Colombia, parece que esa función la había asumido la prensa, pero la última entrega de los premios sembró dudas en lo que yo creía que era un hecho incontrovertible: La prensa ha dejado de ser incómoda, de incomodar a los poderosos.

Los grandes casos de corrupción se ventilaron de 6:00-9:00 de la mañana y no en las salas de los pretores. No fueron sólo las categorías, sino también los oyentes, los lectores, los ciudadanos, quienes quedaron desiertos de información, de crítica, de análisis, de opinión.

¿Qué pasó con los medios punzantes? ¿De esos que molestaban tanto a los poderosos que se convertían en un fresco aire para ciudadanos desencantados? Fue la prensa, valiente ella, la que empujó el 8000. Y Foncolpuertos. Fue la famosa entrevista de Yamid Amat la que nos confirmó que el gobernante era Orejuela y no Samper.

¿Dónde están las nuevas generaciones que cuestionan los acuerdos de paz, o la venta de Isagén o las licencias ambientales, más allá del titular y la opinión obvia? Desiertas las categorías, validado el mito de la caverna de Platón.

No soy quién para afirmar con probabilidad de certeza las causas del fenómeno. Quizá los medios pertenecen a grupos económicos poderosos o quizá las redes sociales se han vuelto los investigadores de otrora, mientras la televisión y la radio cumplen el papel del vodevil. Quizá sea el Premio Simón Bolívar el que tenga que replantearse las categorías.

Pero mientras alcanzamos certezas y se reforman instituciones tan bien cimentadas, más vale que abramos bien los oídos para ver que dice el vecino, al parecer el mejor crítico.

Abogado

 

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