Dos liberales

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El Hernando Durán que conocí, en verdad parecía llanero: recio, franco, incansable, afable. Su nacimiento en Bogotá de ancestro opita, le valió en la mitad de su carrera para servir como Alcalde. El éxito que alcanzó su administración distrital, lo impulsó en la búsqueda de la candidatura presidencial liberal de 1990, en momentos en que el país se dolía del asesinato de Luis carlos Galán con quien se había pactado finalmente la unidad del partido, para zanjar una división que nunca pudo cicatrizar. La consulta popular para escoger candidato fue el mecanismo de unión y Julio César Turbay su artífice. Durán sabía de veras lo de que “ser liberal es un honor que cuesta”, porque venía de un exilio en Francia y EE.UU. desde Mariano Ospina Pérez, en cuyo gobierno lideró movimientos estudiantiles de protesta que le costaron condena a cárcel que solo se levantó en el gobierno de la Junta Militar que sucedió a Rojas Pinilla, a quien también se opuso casi tomando las armas. Al regreso, fue nombrado Ministro de Hacienda por Guillermo León Valencia, de Minas por Alberto Lleras y de Educación, autor de la doble jornada, por Alfonso López M.

Con Turbay fue nombrado Alcalde de la capital, iniciando el proyecto Chingaza y la autopista al Llano y dotando a Bogotá de la mayor cantidad de puentes urbanos de su época que cambiaron la movilidad de la ciudad. Liberal y liberal de toda la vida, ejerció la Dirección Nacional del partido después de ser Alcalde y allí vislumbró su candidatura presidencial. Fue duro con la disidencia de Galán a quien decía admirar por su tenacidad. Cuando se planteó en el 88 la posibilidad de la consulta popular para escoger candidato, se opuso inicialmente; en realidad toda la jerarquía liberal estaba con él.

Finalmente la aceptó y se postularon a ella el propio Durán, Galán, Alberto Santofimio y Ernesto Samper. Durán representaba el “oficialismo” puro; Galán a las nuevas generaciones liberales. César Gaviria estuvo brevemente en la duda de si acompañar al oficialismo donde había hecho amistad con López y Turbay, o ingresar a esa nueva corriente que impulsaba Galán y que ganaba adeptos; finalmente aceptó ser el jefe de campaña de Galán y compartió podio y riesgos con él en los inicios de la contienda. Vino el asesinato de Galán por las mafias narcotraficantes y Gaviria terminó participando en la consulta, que ganó y posteriormente las elecciones del 90 lo escogieron como Presidente.

Quienes eramos respetuosos de las jerarquías liberales y de sus reglas, acompañamos a Durán con entusiasmo y admiración. Tenía infinito amor por Colombia y conocía su geografía al detalle, personalmente. En la campaña hizo siempre énfasis en dos ingredientes que luego se tornaron en materia prima del debate colombiano: la necesidad de combatir efectivamente la pobreza y la urgencia de reformar las FFAA y la Policía para retomar la seguridad especialmente de las áreas rurales. Se preocupaba por los niveles de reservas internacionales, por la reforma a la justicia, por la infraestructura, por la educación, por la sanidad fiscal y por la participación femenina en los asuntos públicos. Llegamos a producir con él un documento sobre comercio exterior y crecimiento, donde se proponía la negociación de tratados comerciales dentro y fuera de la región. Su obsesión era la decentralización de la administración nacional y la transferencia de responsabilidades y recursos a departamentos y municipios para transformar la vida de dos tercios de la población colombiana. Tuve el gusto de acompañarlo con Andrés González durante la campaña, de cerca. Siempre nos oyó con respeto y aprecio a pesar de nuestra juventud y Andrés tuvo luego el privilegio de estar en el “kínder de Gaviria” como Viceministro de Gobierno y luego de Relaciones Exteriores. Después Gaviria lo nombró Ministro de Justicia, en medio del proceso de la Constituyente y su nueva Carta que ayudó a construir.

Cuando un virus como el que hoy nos tortura hizo presa en Durán y lo separó de la campaña por varios meses, Andrés y yo tuvimos el grave reto de continuar la agenda de campaña en medio de grandes dificultades, derivadas de la ausencia forzada del candidato. Cuando Durán regresó de su enfermedad, Julio César Sánchez y yo lo visitamos en su casa, para repasar las reglas de la consulta, con las que no se sentía muy a gusto. Vinieron los comicios, ganó sin dudas Gaviria y Durán alcanzó a dudar si lo apoyaba. Nuevamente Julio César y yo, esta vez con la ayuda de Martha Arango su mujer, lo visitamos otra vez en su biblioteca para ayudarlo a tomar la decisión de apoyar el candidato ganador, cosa que hizo, pero diciéndonos: “Mi apoyo será! Pero también mi retiro de la política”.

Hace cien años nació este luchador liberal, demócrata, honesto, de pantalones, sincero, respetuoso y duro con sus contradictores. Con su retiro se cerraba una etapa de la política colombiana, donde ser líder era un privilegio y no una condena; donde ser tolerante era una virtud y no un asomo de debilidad; donde querer a Colombia significaba sacrificarse por ella y no forzarla a hacer sacrificios por sus políticos. Estar en la política, pero de buena fe.

Mi pensamiento de aprecio por Hernando Durán Dussán, va a su familia. El recuerdo noble de un gran ciudadano, debe estar en el alma de Colombia.

*ExMinistro de Estado

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