El nuevo sexapil   

25

No es por dármelas de Darwin de tierra fría pero me late que el “bobo sapiens” del futuro nacerá con tapabocas incorporado. Lo digo porque ha sido abrumadora la presencia de dicho adminículo por culpa del coronavirus que modificó – y empobreció- el paisaje humano. Y el urbano. Todo.

Si la virginidad está situada en el único sitio posible, el tapabocas podría salir de las orejas. Cuando eso ocurra seremos olvido puro.

El hombre de la era del Covid-19 es él y su mascarilla que está delante de unos ojos escrutadores, estupefactos, que se preguntan por qué nos pasó a nosotros. Acaso la respuesta sea que el mundo se aburrió  de existir.

En la práctica, en tiempos de la pandemia nos estamos enamorando de una sospecha de mujer. La calle, el bar, el supermercado, cualquier pasarela citadina, son tierra de nadie para la conquista. Nos hemos convertido en fotocopias desangeladas de nosotros mismos

El tapabocas es el árbol que no deja ver el bosque del encanto femenino.  No es el mejor tiempo para el amor y su aliada la seducción. Lo siento por quienes están en edad de merecer.

De  repente, nos tocó  adivinar los encantos que hay detrás de  la nueva industria sin chimeneas del cubrebocas. A los encerrados septuagenarios nos queda la opción de pecar con las ganas ajenas.

Los tiempos definen los parámetros de la seducción. La historiadora de moda Ana María Duque, comenta desde Pisa, su ciudad, que “la seducción necesita del factor sorpresa de la novedad y la moda se encarga precisamente de eso: ocultando o mostrando diferentes partes del cuerpo, cambiando la silueta, alterando las proporciones…”.

Recuerda que los hombres enloquecían con un seno abundante, caderas anchas y cintura estrecha, gracias al corset. Luego, el encanto femenino se concentró en los tobillos, el escote, el cabello largo. Después de la primera guerra mundial y la revolución industrial, las féminas revolucionaron su cuerpo y empezaron a mostrar las piernas signo de movilidad en el trabajo.

Acerquemos  el espejo retrovisor. Nuestros abuelos volaban por instrumentos. Se tenían prohibido el placer. Crecer y multiplicarse era el mandato. Mi abuelo materno jamás le vio los pies a su recatada novia lo que no  impidió que amasaran 13 hijos.

En  la cuarentena que seguía a cada embarazo, el pato lo pagaban  gallinas que tenían el delicado encargo de reencaucharlas y dejarlas listas para el siguiente petacón.

Ojalá los expertos de Colombiamoda nos hablen del nuevo erotismo que se genera a partir del uso de dicha prenda. El DANE puede ir cambiando sus parámetros de medición.

El estrato social se fijará por la calidad del nuevo antifaz que llegó a la canasta familiar.  Antes que comprar el pan y la leche, se impone  adquirir esa tela detrás de la cual nos camuflamos como si huyéramos de nosotros  mismos… y de  nuestro prójimo.

*Periodista 

También podría gustarte