Cooperación en las Américas 

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En cien días Estados Unidos habrá elegido presidente para 2021-2024. El resto del hemisferio sabrá a qué atenerse en materia de fondo y formas en la conversación y la cooperación interamericanas. Para ese momento, el contexto será aún más complicado hoy: la COVID-19 no se habrá ido aún, pues la vacuna estaría en esos momentos por salir o por empezar su aplicación masiva, con la controversia inevitable y justa sobre el acceso universal a ella y la prioridad que se podría estar dando a los países que, teniendo cómo, pagaron desde mediados de 2020, por adelantado, su ración antiviral. La economía habrá parado su caída y empezado su recuperación, en medio de una incertidumbre que es probable que se despeje al final de 2021; estaremos entonces con altos niveles de desempleo, retroceso en la lucha contra la pobreza, con temores entendibles de las clases medias sobre la sostenibilidad de su pertenencia a esos segmentos; habrá avanzado el proteccionismo individual de la mano del cabildeo anacrónico multinacional y local, que ya disfraza de apoyo a la industria y al agro, las viajas mañas de apropiación privada de rentas por cuenta de las barreras al comercio. Sabremos entonces si Venezuela sobrevivió al virus, el corona, y el de la miseria y corrupción socialista del siglo XXI.

Con una ruta decadente de largo plazo imparable, estaremos otra vez en altos precios de la energía fósil y en el debate sobre si hacemos más por el petróleo y el carbón, o no; la migración de centroamérica y México posiblemente habrá recuperado presión hacia el norte; la seguridad en los países se seguirá deteriorando; el liderazgo de Brasil y México seguirá perdido; la institucionalidad interamericana, OEA, Cumbre de las Américas, Corte, estarán pidiendo mantenimiento estructural; el BID, si cae en manos del exilio cubano, se habrá perdido para al sur del continente. La estabilidad de la región, en suma, estará en juego.

Si Trump es reelegido, todos estos problemas seguirán unos igual y otros peor. El hecho de que su campaña se reduzca a “ganar en todo caso y a cualquier costo” puede darle frutos y deteriorar aún más la confianza latina popular en el Tío Sam. Su ejemplo de populismo, irrespeto a las instituciones, desprecio a la ciencia, falta de empatía y ausencia de crítica eficaz contra el racismo y la desigualdad y la politización casi completa de la sociedad norteamericana, pueden seguir siendo copiados por Latinoamérica y sus líderes, sin fin ni filtro. Las tensiones globales de EU con China, Rusia, Irán y Corea del Norte han traido ya consecuencias al continente americano en Venezuela y Nicaragua, pero pueden extenderse, visiblemente, más allá de las inversiones de China y Rusia en minería o en infraestructura. Con Cuba la actual administración de EEUU ha retrocedido hasta los setentas, con riesgo para los intereses de todos en seguridad, cooperación multilateral y recuperación de la democracia en Venezuela.

Colombia mantiene una buena relación con EEUU a pesar de todo; demasiado condescendiente, pareciera. Pero sigue siendo para el país de interés nacional tener esa alianza con los Estados Unidos en seguridad, lucha contra el crimen organizado y fortalecimiento de la democracia y de la paz.

Si gana Biden, vendría un aire para “reconstruír mejor”, lema de su campaña: el del diálogo, la cooperación y el avance social y medioambiental. La migración de América Central tendría un nuevo enfoque, el del desarrollo local, para evitar la urgencia de salir, y una más amplia lucha contra la corrupción y el crimen organizado en esa subregión. Cuba, más en la isla y menos en el Sur de Florida, tendría interlocutor para construír democracia o por lo menos propiciar una apertura gradual, generando adentro, y en Venezuela, la posibilidad de un cambio hacia menos corrupción y autoritarismo, impulsando su reconstrucción. Más iniciativas sobre cambio climático y derechos humanos se verían en la región, con fortalecimiento de la Alianza del Pacífico y de Mercosur amén del refuerzo de las instituciones multilaterales globales y continentales.

Para Colombia lo más importante es mantener la relación bipartidista que se ha construído en estas décadas con demócratas y republicanos. Nuestra estabilidad depende de ello. Sin embargo, no me cabe duda que el espacio con Biden y su equipo, conocedor del país como pocos, será más amplio y generoso, menos amenazante, más constructivo y eficaz. Recuperarnos mejor, todos. ¿Seguirá nuestra agenda bilateral antidrogas? Sin duda, pero aleada con temas cruciales: la recuperación, el crecimiento limpio, la equidad, la transparencia, los DDHH y la seguridad. Con Biden nos podemos decidir a liderar, un poco siquiera, esta región que queda dañada por COVID, corrupción y autoritarismo. Como sir Winston, nunca como en noviembre próximo “tantos ciudadanos latinos habrán estado en manos de tan pocos electores norteamericanos”.

*ExMinistro de Estado 

 

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