¿Violencia en Líbano…? 

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Con horror volvemos a observar las imágenes de las explosiones que han sacudido a la milenaria capital del Líbano. Vuelan ya las más variadas versiones acerca de lo que las pudiera haber causado, pero sería irresponsable en este momento entrar al juego de las elucubraciones. Vamos a lo que sí sabemos: dos explosiones consecutivas, la primera menos poderosa, sacudieron la zona del puerto de Beirut, con una potencia tal que la segunda se alcanzó a escuchar a más de 200 kilómetros de distancia, en la isla de Chipre. El saldo inicial de 73 muertos y al menos 4 mil heridos da apenas una idea de la destrucción sufrida por una ciudad que apenas se levantaba sobre sus propias ruinas tras décadas de guerras intestinas y externas. Líbano es, en muchos sentidos, un país admirable. Su historia y cultura están inscritas en las páginas de la historia universal.

Su tradicional hospitalidad es el marco perfecto para una nación que durante siglos ha sabido acoger a fieles de todas las creencias, de todas las etnicidades, de todos los rincones del mundo. La diáspora libanesa es ejemplar no solo por su capacidad y valentía emprendedora sino también por la manera en que se integra y entreteje en aquellos lugares en que se asienta, por la forma en que adoptan a los terruños que los reciben y los acogen. Es el caso de la comunidad libanesa en Colombia, para la cual no tengo más que palabras de cariño y solidaridad en estos trágicos momentos. La muy antigua y muy reciente historia del Líbano tiene un punto de quiebre en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando pese a sus esfuerzos por mantenerse al margen se ve involucrado en el conflicto entre los países árabes e Israel, con terribles consecuencias. Tras más de una década de tensiones facciosas y religiosas, en 1975 estalla una guerra civil que en los hechos se prolonga durante quince años.

Las atrocidades son demasiadas para relatar en este espacio, pero sobresale una, la masacre —en 1982— de miles de palestinos refugiados en los campos de Sabra y Shatila a manos de fuerzas falangistas “cristianas” aliadas informalmente con Israel. Años de división y violencia, intervenciones extranjeras, principalmente de Siria e Israel, pero también de milicias palestinas apoyadas por Irán, llevan al Líbano al borde del colapso. No es hasta 2008-2009, casi dos décadas después del fin oficial de la guerra civil, que una serie de gobiernos de “unidad nacional” le devuelven al menos la apariencia de la calma y tranquilidad a tan sufrida nación. La paz relativa trae consigo un auge económico que hace a muchos soñar con un retorno a los tiempos de prosperidad y tolerancia, pero apenas a inicios del 2020 —antes de la pandemia— una crisis económica desata protestas multitudinarias que hacen caer al gobierno y agravan la situación.

Hace un par de meses se calculaba que la mitad de la población habría caído en situación de pobreza a consecuencia de la pandemia y la recesión. Y ahora, esta hecatombe… A reserva de conocer las causas, que en este momento apuntan a niveles de negligencia verdaderamente inconcebibles, solo queda esperar que la tragedia convoque a la unidad nacional, a la urgente solidaridad y a la reconciliación. Líbano y los libaneses no merecen menos.

* Internacionalista 

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