Estados monárquicos: nueva realidad 

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En los tiempos modernos, cuando comenzaron a triunfar las tesis de la libre autodeterminación, del destierro de los regímenes absolutistas y de la abolición de los privilegios, las monarquías encontraron una fórmula para subsistir y fue la de entregar el poder a los gobiernos que surgieran de la voluntad popular, preservando el establecimiento monárquico como una institución emblemática en quien recae la jefatura del Estado, pero no la del gobierno.

La fórmula fue aceptada y tolerada desde entrado el siglo XX, hasta nuestros días. Pero ahora esos estados monárquicos se enfrentan ante otra nueva realidad. Si bien no tienen poder, sí representan una institución costosa para los Estados e intolerable por la conducta personal de muchos de sus miembros, que no son capaces de atender los rígidos parámetros de ponderación que exige el pertenecer a la nobleza de un país con esta naturaleza.

Inglaterra por ejemplo, cuenta con el reinado más largo de la historia, cuya reina, ya cumplidos los 94 años, cuenta con 68 de reinado, en medio de la ponderación y reconocimiento, pero con enormes problemas en su descendencia, pues hijos y nietos, de donde saldrán los venideros reyes, están involucrados en toda clase de escándalos. A esas nuevas generaciones parece no importarles los rituales y las normas, y aprovechan su enorme exposición pública para comportarse como quieren, sin atender normas sociales, de gobierno, o de simple ética.

Y qué decir de la Corona española, en donde Juan Carlos I, después de casi 40 años de reinado, entró en severa decadencia, protagonizando escándalos de infidelidad conyugal, y de lavado de activos para propiciar sus excesos amorosos. Tuvo que dejar la Corona, después renunciar a representar al país en actos oficiales y ahora debió abandonar su propia nación, por solicitud del señor Sánchez, jefe de Gobierno. Además su yerno está detenido, y otros miembros de su familia son cuestionados.

Todo esto constituye el epílogo sombrío que llevará a su eliminación definitiva. Ningún monarca, en las actuales épocas de redes sociales y de hábiles paparazzis, podrá controlar la díscola conducta de sus descendientes, y esos escándalos terminarán rebosando la copa de una sociedad, que entre otras cosas, no tiene por qué soportar esos exagerados comportamientos, y fuera de esos sostenerlos económicamente con los impuestos que pagan los ciudadanos.

Esta decisión que acaba de tomar el gobierno español es extremadamente dura, y a su vez humillante para sus destinatarios; para una familia real que tiene que aceptarla y convenir en que la cabeza de la dinastía sea expatriada, por resultar incómoda para la sociedad a la que pertenece.

* Internacionalista 

 

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