Convivir 

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Parecería ser el concepto clave de nuestro tiempo. Cuando la pandemia ha mostrado las gravísimas consecuencias de cerrar el sistema productivo y confinar todos los habitantes, con poquísimas excepciones. Desde el comienzo sabíamos que esa resolución extraordinaria y excepcional no podía utilizarse en forma permanente y ni siquiera prolongada. Ya ha sido más que suficiente.

Y lo que se proclama como evidente es la urgencia de retornar a la normalidad. Nueva o vieja. Sí, a la normalidad. Es obvio que una premisa indispensable es la de reconocer que, ahora, como parte de esa normalidad existe un nuevo virus que estará rondando por todas partes y frente al cual es necesario obrar con el mayor discernimiento por parte de todos. Es decir, conscientes de que es indispensable tomar muchas precauciones tanto en el sitio de trabajo, como en el transporte, en la vida familiar, en los espacios públicos, en el trato con los amigos, en la universidad y en los colegios, en la vida cotidiana. En resumen, tenemos que aprender a convivir con el virus de la misma manera que convivimos con otras amenazas y riesgos. Y ese aprendizaje hay que incorporarlo a la normalidad.

Fue una sabia recomendación que la canciller alemana, Angela Merkel, hizo tempranamente. Hoy la recomendación la promueven instituciones y personalidades en diferentes países. Un consejo que ya forma parte de la vida rutinaria. Es lo normal.

Individuos, familias, iglesias, empresas, colegios, universidades, transportadores, centros comerciales, restaurantes etc. tienen que adoptar las medidas sanitarias preventivas correspondientes como parte de la vida rutinaria. Esto es lo nuevo, lo diferente. Puede ser incómodo. Y por el camino aprenderemos nuevas cosas porque todavía no tenemos un pleno conocimiento sobre la manera como se comporta este virus.

Todo esto es lo que quiere decir la consigna: “Hay que aprender a convivir con el virus”. La esperada vacuna, que ojalá llegue pronto, nos ayudará a sobrellevar esa convivencia.

Pero, como efecto de la pandemia, nos dicen que no podemos seguir conviviendo con desigualdades tan dolorosas en el sistema de salud o con las brutales desigualdades en términos de ingresos que nos han revelado que millones de personas no cuentan con los mínimos recursos para alimentarse el día siguiente ‘y la noche que llega’ en su muy precario modo de vivir. Por ello, la urgencia de luchar para generar millones de empleos decentes que les permitan a esas personas, a esas familias, convivir con personas y familias que no experimentan una situación tan precaria. Y, de allí, la importancia de conceptos como el Ingreso Solidario, en beneficio de quienes no cuentan con empleo, o de los adultos mayores que carecen de una pensión mínima.

Y convivir con quienes no comparten nuestras ideas y nuestras visiones del presente o del futuro. Convivir sin odios, sin exclusivismos, sin estigmatizaciones. Difícil. Porque lo que se lee y se oye, es todo lo contrario y eso aquí y en otras partes del mundo que admirábamos como muy civilizadas. ¡Ya no tanto!

La retórica violenta, injusta, difamadora, ¿pacifistas, pacificadores, con ese tipo de lenguaje? Sabemos que ese es el camino hacia la violencia. Las buenas maneras que comienzan con el buen uso del lenguaje -y no con el abuso del lenguaje- son de la esencia para construir convivencia. ¿Será posible convivir? ¿Convivir con el virus, convivir en santa paz?

*ExMinistro de Estado 

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